¿CÓMO VAMOS A DISCUTIR? ENCONTRAR LAS PALABRAS EN LA CALLE

por La tierra quema

Decir algo con el poco tiempo disponible frente a un contexto que nos tiene y que nos quiere cada vez más precarizadas, extrayendo al máximo nuestra fuerza vital resulta difícil, pero necesario. Venimos mascullando la imposibilidad de poder escribir como queremos, frente a un sistema que se articula, cada vez más, bajo la lógica de favorecer a aquellos que cuentan con condiciones materiales de existencia a su favor. Sin embargo, queremos hacernos el tiempo y decir. Decir para reconstruirnos, para recuperar la potencia, para afirmar que no se pueden quedar con todo, que después de largas jornadas laborales, salimos a la calle para oponernos y que si escribimos sobre otros temas, si reivindicamos un cine que surge de las luchas, también comprendemos que debemos llegar hasta acá y expresar nuestra oposición al fallo de la Corte Suprema que una vez más en nuestra historia proscribe al peronismo. Soy una fusilada que vive, mencionó Cristina Fernández de Kirchner horas antes de que se conociera el fallo, haciendo alusión en su doble ataque –intento de magnicidio/femicidio y finalmente la proscripción– y poniendo de manifiesto que la historia se repite como farsa: las fechas actuales coinciden con el aniversario del levantamiento de Valle y la Fusiladora, aquel junio de 1956. El bombardeo del `55 resuena en las modalidades de una justicia mafiosa y una derecha que está demostrando, cada vez más, ser la misma gorila de siempre, que impone su plan económico atentando contra las mayorías, beneficiando a unos pocos. Por eso, sostenemos que no es solo una condena contra la ex presidenta en tanto líder de la oposición, ni contra el peronismo, sino también contra una idea de pueblo que estorba los intereses del capital financiero. 
Sabemos, además, que la dimensión de género actúa como agravante: la quieren presa por ser una mujer la que puso límites a los intereses de quienes se creían dueños del país, quien nos convenció, junto a Néstor, que podíamos ser felices, tener más derechos y que eran para todxs. Como ocurre en los demás casos de violencia machista, el castigo es el mensaje, una forma de disciplinamiento enmarcado en un sistema de poder patriarcal. La decisión de los tres jueces -el caso de la corte Argentina es inédito en el mundo, se trata de la corte con el menor número de miembros- no hace del castigo una novedad, sino la confirmación de una práctica de ataque y persecución política hacia su persona sostenida en el tiempo, cada vez con un mayor grado de violencia, desde que aumentó su lugar de relevancia en la esfera pública que se articula con sectores mediáticos y empresariales. Basta con ver las virulentas tapas de la revista Noticias, los titulares de Clarín, los sentidos comunes instalados en torno a la idea de yegua, autoritaria, loca, para comprobar la forma de hostigarla, estigmatizarla y deshumanizarla. A fin de cuentas, siempre se trató de un intento por despotencializar a esa mujer. El disciplinamiento a las mujeres que dedican su vida a la política no es una novedad, el antecedente directo es el caso de Evita. Desde la frase que vociferaban sus opositores ¡viva el cáncer! hasta la profanación y ultraje de su cadáver los sectores concentrados del poder instalan en la escena política la crueldad discursiva y la impiedad -incluso luego de la muerte- contra las representantes de las clases populares.
Si bien en este contexto tenemos más interrogantes que certezas, estamos convencidas, con las calles como prueba, que tras la condena a Cristina, hay un cuerpo popular que se recompone y concentra en su defensa. De todas maneras, solo con la calle no alcanza. Defender a Cristina implica un compromiso de repolitización, volver a organizarnos, y preguntarnos, siguiendo a Chantal Mouffe, cómo lograr que los afectos se movilicen para la construcción de una voluntad colectiva. En esa pregunta anuda una gran potencia: cómo lograr, hoy, en la era del individualismo exacerbado, apostar por los afectos en la esfera política, con el fin de lograr una voluntad colectiva que pueda más que la destrucción que prolifera actualmente.  Dejarnos incomodar por las preguntas quizá para encontrar una forma de crear. Asumir la necesidad de plantear una autocrítica no solo por parte de los dirigentes políticos, sino también en lo micro, en nuestras prácticas cotidianas. Preguntarnos con quiénes establecemos el diálogo, desde qué lugar, con qué intenciones, qué nos atraviesa, en qué espacios discutimos, sobre qué temas y qué imágenes contribuyen en la creación de un futuro más luminoso.  
Como espacio que ejerce la crítica de cine, cuando momentos coyunturales graves como el actual nos apuran, se solapa una cuestión dicotómica: el cine o la realidad externa –¿pueden, efectivamente, pensarse como esferas separadas?–. Como si hablar de travellings y primeros planos en ciertos momentos resultara desubicado. Sin querer caer en la cita a Godard y Truffaut en su toma de Cannes 1968 desde una melancolía de izquierda nostálgica, creemos que sí, hay que ver la mayor cantidad de películas posibles y queremos –más bien, debemos– seguir pensando en travellings y primeros planos, sin por eso dejar de enunciarse y pensar en el contexto. Las discusiones dicotómicas, que no permiten los grises y el matiz, obturan la posibilidad de dialogar en conjunto. Creemos que, en última instancia, se trata de unir la calle con el ejercicio de la crítica que llevamos adelante. Porque lo que está en juego, es la convivencia democrática. 

An Injury to One (Travis Wilkerson, 2003)

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