por Valentina Vignardi
Me resulta extraño que Belén (2025) haya llegado justo ahora, como si el cine volviera a traer, desde un tiempo lejano, una pregunta que creíamos agotada luego de una elaboración tan extensa y persistente desde el amplio abanico del feminismo en este país y en muchos otros; luego de cientos de asambleas, marchas, paros multitudinarios, encuentros de mujeres, miles y miles de pañuelos verdes. Justo ahora, que todas esas estructuras se vaciaron con una rapidez casi vengativa. Justo hoy, que durante los últimos años ronda la idea de que la culpa es toda nuestra, que fuimos demasiado lejos, que la sociedad está cansada de nosotras y que el feminismo es una palabra pesada y demodé. En esa calma forzada, una película sobre Belén (esa chica que fue presa por un aborto espontáneo) aparece como algo viejo que no termina de irse, como si nos quedara algo más que mirar.
La historia fue contada ad infinitum, una mujer despersonalizada y convertida más en un símbolo en disputa, entre notas periodísticas, hashtags, comunicados de agrupaciones de mujeres y de grupos religiosos. Una mujer tucumana encarcelada durante dos años por una causa fabricada que la culpaba de “matar a su bebé”. Aún hoy una nota de La Nación reza: “condenan a una mujer por matar a su bebé y ella dice que fue un aborto espontáneo”. Dolores Fonzi vuelve a entrar en ese espacio de tensión, se mueve entre lo judicial y lo íntimo, entre el archivo y el cuerpo. Hay algo de expediente en su ritmo, su insistencia sobre los procedimientos, pero también algo de ternura en la manera en que mira a Julieta, luego Belén, los vínculos, un mundillo feminista con el que trabaja para desarmar sus formas. Como si buscara, entre los papeles, algo más.
Es raro que esta película llegue ahora que no la esperábamos, pero a la vez aparece como un eco, una resonancia. Mientras se estrenaba en salas comerciales circulaban por redes dos videos caseros/publicidades filmados por trabajadores de una Shell de Entre Ríos, donde, con un tono jocoso, dos hombres golpean a una mujer –porque no la soportan–, la meten en una bolsa de consorcio y la cargan en una camioneta blanca para hacerla desaparecer en alguna otra provincia. Días después aparecieron en el Conurbano los cuerpos muertos de tres chicas: Brenda, Morena y Lara, y el espanto fue inmediato –aun así en debate su “inocencia” por prostituirse, por haber estado en el lugar incorrecto con la gente incorrecta–. Hubo marchas, asambleas, otra vez las mismas palabras pintadas en los mismos carteles. Pareciera una repetición en loop: 2015 y el femicidio de Chiara Páez que devino en el primer Ni Una Menos, en 2016 Belén, el auge de los Encuentros de Mujeres (y la famosa comisión por el aborto), luego la culminación del debate, ahora trasladado al resto de la sociedad en 2018. Es como si el caso de Belén, al reaparecer ahora, funcionara como espejo de esa repetición interminable. Cada vez, el sacrificio y la vejación de las mujeres enciende la llama una y otra vez, como si el movimiento solo pudiera existir a través de sus muertas.

Belén también dice algo sobre el momento actual del cine argentino, entre las figuras de, por ejemplo, Homo Argentum (2025), la superproducción de cine de Estado de capital internacional, y otras películas más pequeñas que cuentan con pasos por algunos festivales periféricos y luego apenas logran una única función en el Gaumont. La película de Fonzi se sitúa en un punto medio casi imposible. Tiene recursos, tiene rostros conocidos, es galardonada en un festival internacional, nos representa en los Oscars, va a circular por una plataforma de streaming internacional con el sello de Amazon y MGM, es decir, va a ser posible llegar a ella a partir del algoritmo: “películas estremecedoras”, “casos reales”, “cine nacional”, “para llorar”, etc. ¿Qué pasa con una imagen de justicia cuando se aloja en el mismo dispositivo que vende ficciones y datos? Aun así, Belén conserva una intimidad que la salva de la pompa industrial, en este ecosistema donde el cine o se vuelve una propaganda de Mostaza o se resigna a la precariedad, encuentra un tono intermedio: una película con espíritu que trabaja desde el afecto y la escucha. Una película cuerpo y sin sacrificio.
En ese sentido, se siente menos como una ficción sobre el caso y más como un intento de reparar la mirada, de devolverle una identidad a esa mujer de una forma que no sea la del expediente, ni la de la noticia, ni la de un debate; la película insiste en el proceso militante, la persuasión, el explicar pacientemente, la propaganda política, que finalmente posibilita la magnificación de un caso que podría haber quedado olvidado en el archivo judicial. Cuando Julieta/Belén le ruega que su nombre no se haga público, la abogada la enfrenta con una encrucijada: si nadie sabe de vos, a nadie le importás. Aparece la idea de la representación y cómo la visibilidad puede volverse un acto de reparación histórica, un modo de volver a existir frente a un sistema que sólo registra los cuerpos para castigarlos.
Que la heroína de esta historia sea Dolores Fonzi (también directora y co-guionista junto a Laura Paredes), una actriz porteña que encarna a la abogada y ocupa el centro moral y afectivo de la película, plantea una tensión que la propia obra no termina de resolver. Por momentos Belén (Camila Pláate) aparece desplazada hacia una periferia (geográfica, social, lingüística, quizá), mientras que las voces dominantes del relato provienen de Buenos Aires y la tonada tucumana suena apenas de manera lateral. Esa asimetría no invalida el gesto de la película, pero lo complejiza: ¿qué implica que la reparación simbólica de una mujer del norte vuelva a ser narrada por los cuerpos y los acentos de Buenos Aires? ¿Qué reparamos nosotras y con qué derecho? La representación puede ser una forma de cuidado pero también una operación riesgosa al mismo tiempo, cada intento por reconstruir una imagen de Belén es también un intento por hablar desde un lugar que no les/nos pertenece del todo.
Pienso en otras dos películas estrenadas casi a la vez en 2020, que trataron el aborto y que marcan distintos modos de mirar. Que sea ley, de Juan Solanas, que convertía la marcha feminista en un desfile, con drones y discursos; una épica más cercana a un registro símil Discovery Channel que a la experiencia. Luego, Niña mamá, de Andrea Testa, que hacía lo opuesto, una película puertas adentro, con una cámara quieta en planos más cerrados, más silenciosos, junto a la figura de niñas adolescentes en consultas médicas en hospitales públicos del conurbano. Belén parece colarse entre ambas, con la gran escala de su relato y la recurrencia a la masividad de la lucha, pero arrimándose de a poco a Julieta con delicadeza, primero con una mano firme sobre la suya, asistiendo a su espera, a su respiración ahogada, a su quietud y su dolor, y luego, finalmente, en un abrazo. En esa mezcla, algo se vuelve más verdadero, o por lo menos más inquietante. Se trata, finalmente, de devolverle el cuerpo a Belén, y con ella, a todas las que el presente quiso borrar.
Hacia el final, cuando la abogada despliega su alegato de defensa, finalmente pregunta “¿escuchan?”, y el ruido exterior de la movilización se filtra por la ventana del tribunal. “Escuchen”, repite, mientras la multitud grita: Libertad para Belén, presa por ser mujer y por ser pobre. En ese instante, la película parece devolver la voz a quienes habían quedado en silencio; desde lejos el sonido de lo popular irrumpe como algo que desborda el marco judicial y también el marco cinematográfico. Ahí hay algo más que una estrategia legal o narrativa, sino la posibilidad de volver a existir a través del grito colectivo, de reaparecer. Belén nos trae algo del pasado, una forma de estar, una forma de hacer cine, una forma de hacer política, como una insistencia, un resto de aquella fe en que mirar, marchar, debatir, o simplemente decir servía para algo más que sobrevivir a un día a día. No es nostalgia, porque es un recordatorio más que un recuerdo. Es una sensación pulsátil, la necesidad de mirar casi morbosa y repetitivamente esas mismas imágenes de las que creíamos ya saber todo, buscando algo más que se nos haya escapado, de escuchar lo que quedó ahogado entre tanto ruido, ahora entre ruinas.