por Valentina Vignardi
Hace unas semanas, publiqué “Devolverle el cuerpo a Belén” en La Tierra Quema, una crítica sobre la película de Dolores Fonzi. Días después, en otra revista, me encontré leyendo un texto ajeno, pero que parecía escrito sobre el mismo mapa que guiaba mis reflexiones sobre Belén. No era una coincidencia de tema, era una coincidencia de progresión de pensamiento: del clima político adverso al caso como síntoma, de la película como militancia a Fonzi en tensión porteña-provinciana, del mainstream con alma al grito colectivo como persistencia (y la posibilidad del reagrupamiento del feminismo). Casualidad o no, es fascinante cómo las ideas pueden viajar y reencarnarse en otras palabras.
Y sin embargo, algo de esa reencarnación me inquieta: ¿qué pasa cuando la copia no es un contagio sino desposesión?, ¿cuándo el pensamiento migra sin dejar rastro de su origen? En la película, Fonzi hace lo que toda copia amorosa debería hacer: devuelve el cuerpo sin apropiárselo. Quizá por eso, al leer ese otro texto, algo parecía desdibujarse. Lo que en Belén era restitución, en la escritura se volvió una repetición sin memoria. Busco en Google: “Walter Benjamin, plagio” (por favor, salvemos las distancias entre una obra de arte y dos escritos amateur). Me arroja el texto “Acerca del plagio, la cita y el autor: Por un mundo sin copyright”, de Leonardo Český (2010), que retoma a Benjamin y su “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”. Český recuerda que antes del Iluminismo el plagio era una forma legítima de circulación del conocimiento, un modo de mantener vivo el pensamiento colectivo.
Las vanguardias lo reivindicaron como gesto creativo: el collage, el ready-made, la cita infinita. Pero me pregunto si esa libertad vale igual para todxs. Por fuera de las artes institucionalizadas, la copia, en lugar de emancipar, cansa. Cansa porque, fuera de un museo o del mercado, su efecto sobre el trabajo es erosivo. En paralelo, en otro texto que encuentro, el autor Hans Peschke Castillo escribe “Arte digital, copia, Benjamin y Byung-Chul Han”, y retoma las ideas de Han sobre la copia desde el shanzhai como juego, desvío. Ese paradigma, anclado en mercados globales y plataformas digitales, no contempla lo que ocurre cuando lo que se copia es una manera de hacer sostenida en cuerpos, tiempos y procesos.
En este punto el pensamiento, antes que propiedad, es una práctica relacional donde ninguna idea nace en aislamiento ni puede tener clausura; toda escritura se despliega en un tejido de resonancias, donde lo imperioso es reconocer que ciertas formas de circulación se sostienen en la generosidad de compartir un problema, de permitir que una intuición sea continuada o interrumpida por otras manos. En la crítica de cine estas tensiones aparecen con una claridad particular cuando los textos se responden y se contaminan entre sí con tal velocidad que, muchas veces, la procedencia de ciertas ideas se vuelve casi imperceptible y algunas firmas adquieren autoridad apenas enuncian, mientras que otras quedan desdibujadas. Pensar en conjunto implica renunciar a la ficción de la autoría plena y asumir que las ideas habitan siempre un campo poroso e inestable.
En ese sentido, Belén –la película y el caso– funciona como un recordatorio de que algunas historias no tienen un origen individual que pueda ser reclamado. Su fuerza proviene justamente de una elaboración colectiva, un entramado de militancias, escrituras y gestos puestos en movimiento para liberar a una mujer injustamente presa. El libro, el guion, la película, la campaña, nada salió “de la nada”, pero tampoco salió de una sola mano. Hay una diferencia grande entre ampliar una conversación colectiva y sustituir su procedencia. Pero incluso en esa red comunitaria y conversacional existe un umbral, donde, pasando por las inevitables coincidencias temáticas y proximidades argumentales, el límite está en la intencionalidad de borramiento. Ahí es donde la circulación deja de ser diálogo y pasa a ser una sustitución. Cuando la resonancia es indistinguible de la apropiación, cuando lo que se reproduce no es una conversación, la copia deja de operar como gesto abierto. Se disputa la posibilidad de que un pensamiento conserve su textura, su genealogía, su respiración.
En nuestro presente más inmediato, la copia comenzó a inscribirse en una lógica algorítmica, donde los modelos de inteligencia artificial trabajan mediante una absorción masiva que incorpora, mezcla y redistribuye lo que encuentran a su paso: texto, imagen, sonido. Infinita es la información que la alimenta sin contexto y produce su retorno en superficies pulidas y perfectas donde toda raíz desaparece. La desposesión es industrial, automática, sin agentes. En este régimen, que una idea circule no significa que esté viva, significa que puede ser replicada infinitamente sin dejar marca. La pregunta entonces deja de ser quién copia para volverse otra. Ahora, ¿quién puede darse el lujo de no dejar huella?
La copia participa también de una economía de acumulación simbólica. Las voces nunca circulan de manera uniforme y la repetición tiene efectos desiguales sobre cada una, en algunos casos amplifica la visibilidad y consolida su autoridad. En otros, diluye la singularidad y vuelve menos legible su origen. En ese entramado, la copia modifica tanto el recorrido de las ideas como la distribución del prestigio que las acompaña. Es decir, copiar también reorganiza el modo en que entendemos quién habla, desde dónde y con qué peso simbólico. Una copia no sólo desplaza un texto, desplaza un estado, un proceso, una respiración. Convierte en una suerte de “genérico” lo que nació de una intensidad singular. Esa misma tensión se reproduce en los oficios manuales. Quien copia una pieza artesanal sin comprender su proceso no reproduce únicamente la forma: vacía su memoria, deshace el tiempo que esa forma condensa. “Lo saqué de Pinterest” funciona como justificación para una circulación sin orígenes claros, una licencia informal para replicar lo ajeno. Pero Pinterest no registra cuerpos, ni historias, ni contextos, solo imágenes desprendidas de cualquier anclaje.
En ciertos circuitos, copiar es crear; en otros, copiar es una competencia. En el arte digital, la copia puede multiplicar visibilidad; en la artesanía, la fragmenta. Benjamin hablaba de la pérdida del aura, pero esa categoría depende de un régimen pensado para el museo europeo, no para prácticas periféricas donde no hay aura que perder, más bien un esfuerzo sostenido. Traerlo a tierra obliga también a pensar qué significa la copia cuando lo que se replica no es una obra monumental sino una manera de hacer. O sino, qué aura puede desvanecerse en una pieza de cerámica nacida en un taller del Conurbano o en un texto publicado en una página de WordPress. No hay aura, el aquí y ahora son solo procesos dialécticos constantes. Desde los márgenes del arte, de la crítica, de la economía afectiva, la copia aparece como un problema de supervivencia simbólica. La desposesión pasa por estos borramientos cotidianos, donde pareciera que algunas voces pueden copiar sin perder nada, mientras que otras, cuando son copiadas, pierden mucho o todo.
Quizás lo que queda elaborar es cómo sostener las condiciones para que una forma pueda seguir existiendo sin deshacerse en la repetición. Cada idea nace con el pulso propio de su tiempo, su respiración, su intensidad, y algo de ese pulso se apaga cuando la circulación la arranca de su proceso. Pero cuando una lectura reconoce la huella que la precede, la forma no se diluye, se ensancha y encuentra un espacio nuevo donde seguir moviéndose. En esta época de reproducciones veloces, el desafío no es impedir la copia, es imposible. Sí evitar que la circulación se transforme en un mecanismo de desgaste, una manera de volver prescindible eso que costó ser pensado. Para que un pensamiento siga produciendo algo nuevo, necesita ser leído con responsabilidad: que la repetición no clausure, que la resonancia no borre, que la ampliación no sustituya la procedencia.
En ese gesto de cuidado mínimo, pero decisivo, se juega bastante. Cuando una forma circula sin memoria, sin cita, deja atrás un terreno erosionado. Cuando viaja con atención, la comunidad que la rodea se espesa, porque lo que se comparte es la energía que lo hizo posible. Como horizonte: permitir que las ideas migren, sí, pero que al hacerlo conserven algo de la vibración que las encendió, para que sigan vivas en el movimiento y no se pierdan en el ruido de una IA o un parafraseo. Esa delicada continuidad entre el origen y la deriva, entre la apertura y el cuidado, es la que vuelve imaginable una economía donde copiar pueda ser una forma de acompañar, y no de deshacer.
Este texto mutó muchas veces y es parte de varias conversaciones que me permitieron seguir pensando. Gracias a Alejandra Derbez, Antonella del Valle, Mercedes Orden y Luna Schvartzman.