por Belén Paladino
Y nunca me apresuro por el mundo
sino que ando despacio y me inclino a menudo.
Cuando estoy entre los árboles.
Mary Oliver
El sol se alza sobre los cerros. En el paisaje no hay intervención humana, como si se tratara de un estadío anterior a su aparición. Un territorio que en apariencia parece resistir a la avanzada del mal llamado progreso, pero en el que ya comienzan a vislumbrarse cambios que modifican el ecosistema y afectan la vida cotidiana de quienes lo habitan. Jazmín despierta con los primeros rayos del sol y comienza su jornada. En medio del baño repentinamente el agua deja de salir de la ducha. En Gongfu, cortometraje comunitario dirigido por Ezequiel Ávila realizado en Capilla del Monte junto a vecinos y vecinas del lugar, el agua es un organismo sensible -un bien escaso y amenazado actualmente por la Ley de Glaciares- con su propia forma de discurrir, alternando períodos de ausencia y retorno.
Luego de una caminata, Jazmín llega a la ruta, allí la señal le permite escuchar la voz de su madre que pregunta “¿Vas a volver?”. Jazmín no responde, pero aquel interrogante parece abrir un mundo y su silencio, una forma de determinación. Resuena entonces la pregunta: ¿Dónde y junto a quiénes decidimos vivir? ¿El lugar que habitamos es el resultado de una elección o simplemente se echan raíces en donde nacimos? Jazmín transita la pregunta vinculándose con el nuevo paisaje y con una comunidad -integrada por mujeres e infancias- decidida a abrazarla. Las chicas comparten diferentes actividades: un taller de cerámica, una ronda junto al fuego y una tarde de trabajo en la huerta. Muchas de las tareas las realizan en silencio, confiando en los gestos y en su capacidad para transmitir afecto. Todas parecen haber transitado la pregunta que ahora enfrenta Jazmín. Una de ellas le dirá que el lugar que habitan es magnético con el poder de retener o expulsar. No se trata entonces de una mera decisión personal sino más bien de una reciprocidad con el territorio y su energía. Se establece así un vínculo profundo entre el territorio y quienes lo habitan.
En Gongfu el monte y el río no son una mera escenografía, la naturaleza está dotada de sentido. Así como Jazmín se recuesta en el pasto y escucha el sonido del correr del agua, a pesar de que el río está seco, el equipo de filmación parece realizar el mismo gesto. Los sentidos se expanden, la escucha se agudiza y permite percibir, incluso, aquello que no es visible pero que fluye en lo profundo. Porque, como dirá una chica en el taller de cerámica: “el río no está seco, el río se filtra hacía abajo y aflora un poquito más adelante”, el cuidado debe practicarse incluso con aquello que no podemos ver. Lo que sucede dentro de la pantalla y lo que puede intuirse sucedió fuera -el trabajo colectivo para la realización del cortometraje- comparten una misma vibración: un sentimiento de apertura y asombro ante el mundo y lo que tiene para ofrecernos. Como si siguiera los versos de la poeta Mary Oliver citados al comienzo, Gongfu no parece tener prisa, sino todo lo contrario, conscientemente aminora la marcha y se inclina afectuosamente en el camino para cosechar gestos, imágenes y sonidos. Evitando los subrayados, el cortometraje trabaja con sutileza y precisión el vínculo que se establece con el territorio y la confianza en la vida comunitaria. Gongfu propone un modo de estar en el mundo, de habitar la pausa, ejercitar la contemplación y transitar el tiempo de la naturaleza.
Gongfu estrena el Jueves 26 de marzo en Micro Cine Sala Caraffa, Valle de Punilla, Córdoba, Argentina.