PASIÓN NUNCA HUMILDE, SIEMPRE CIERTA: «TODOS QUIEREN VENIR A BROWN», JUAN LUCAS DA ROCHA (2025)

por Gastón Guzmán

La pasión, que en el fútbol suele nombrarse como si fuese una evidencia —algo dado, que no requiere explicación—, en verdad se construye. No aparece de golpe ni se hereda intacta, sino que se arma en capas, en una acumulación algo desprolija de momentos y personas que, al encadenarse, terminan por tejer una trama —tu barrio, tu mejor amigo de la infancia, una pintada, un amor— y que sostienen una lealtad mayor —o la mayor de las lealtades—. Hay algo de insistencia ahí, de volver una y otra vez aunque no haya garantías, aunque el resultado no acompañe, como si en ese gesto —más que en cualquier triunfo— se jugara lo que de verdad importa: por ejemplo, seguir todos los domingos a tu equipo de la Primera B.

Ir a la cancha es, para muchos, el punto culminante de una semana entera que, casi sin notarlo, se fue ordenando alrededor de lo mismo: el club. Hay señales que se repiten y que ya dicen a dónde va el día —el apuro en las cuadras previas, la ansiedad antes de entrar, el lugar en la tribuna que se busca o se hereda—; y después sí, el partido: a veces trabado, por momentos áspero, sostenido entre la expectativa y el fastidio, entre lo que no termina de salir y eso otro que, de pronto, ocurre. Pero no se trata solamente de esos noventa minutos, sino de la continuidad que los rodea, que empieza mucho antes y no se corta cuando termina: una manera persistente de habitar el tiempo. Y si algo enseña esa forma de habitar el tiempo es que lo que pasa en la cancha no se agota en la cancha.

Una mirada atenta —como la de Juan Lucas da Rocha en Todos quieren venir a Brown— puede registrar precisamente eso: por ejemplo, de qué manera pasarle por arriba al equipo rival produce una sensación poco frecuente en la vida cotidiana, pero también cómo la escena puede invertirse: a veces es a tu club —y, en algún punto, a uno mismo— a quien le pasan por arriba. Algo de eso se juega también en perder una final, como se verá también en el documental: no solo el resultado, sino la forma en que una expectativa sostenida durante tanto tiempo se interrumpe de golpe y deja un vacío difícil de nombrar, una caída seca, sin consuelo, donde lo que estaba al alcance de la mano se vuelve irrecuperable. Y entendés, de una vez y para siempre, lo que es tener ganas de cortarse los huevos.

En un tiempo en el que los algoritmos parecen saber de antemano qué vamos a hacer y la inteligencia artificial ordena y filtra lo que vemos, las historias del fútbol del ascenso conservan un valor difícil de reemplazar: muestran que ese mundo no es tan predecible ni tan prolijo como esos sistemas suponen. Mientras los algoritmos trabajan con patrones y repeticiones, el ascenso está hecho de desvíos, de partidos que se rompen sin aviso, de decisiones que no responden a una lógica clara.

Ahí, donde todo parece más expuesto a lo contingente —una cancha difícil, un error, un rebote, un viaje largo—, las historias no se encuentran: se van armando sobre la marcha, entre semanas irregulares y domingos que pueden torcerlo todo. Es en esa inestabilidad, en esa falta de garantías, donde el fútbol del ascenso sigue ofreciendo algo que ningún cálculo termina de capturar. Y también en las escenas de un mundo menos careta: un grupo de whatsapp de utileros que coordinan con qué camiseta saldrá cada equipo para no coincidir, un mercado de pases que se arma en una llamada en altavoz en un auto, un grupo de dirigentes que hacen cuentas en un bloc de notas para saber qué jugador traer. En una pintada sin ironía que compara al técnico de tu equipo con Juan Domingo Perón, como si en ese trazo apurado sobre la pared se jugara algo más que una ocurrencia: una forma de fe.

De todo eso trata Todos quieren venir a Brown: de esa forma persistente de la pasión, nunca humilde, siempre cierta. Y de Pablo Vicó, claro, el prócer del ascenso.

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