BRILLO SOBRE BRILLO: «AMANCAY», MÁXIMO CIAMBELLA (2022)

por Gastón Guzmán

Todo parece avanzar sin apuro en Amancay, como si la película se negara desde el inicio a explicar demasiado. No hay grandes enunciados ni intentos por ordenar lo que pasa: lo que aparece son situaciones, silencios y pequeños desvíos que, poco a poco, van dejando ver un mundo donde las certezas escasean. Los personajes se mueven dentro de ese clima, como si la incertidumbre no fuera algo que irrumpe sino una condición de fondo. En esa misma lógica se inscribe el uso del blanco y negro: no como un gesto de estilo aislado sino como una forma de acompañar esa percepción. Las imágenes son precisas y, al mismo tiempo, nunca terminan de fijar del todo lo que muestran; siempre parece haber algo que queda apenas por fuera, algo que se escapa.

Los personajes conversan, se acompañan y ensayan recorridos que no necesariamente conducen a un sentido definido; en ese movimiento también la película encuentra algo propio. Por ejemplo, en la escena de dos amigos esperando el bondi de madrugada mientras hablan del carácter discontinuo del duelo pero sin dejar de hablar como amigos: compartiendo la fragilidad, la duda, la falta de respuestas. De 24 horas que tiene el día, dormís 7. ¿Cuántas pensás en ella?. La pregunta no apunta tanto a una respuesta como a una forma de insistencia: esa manera en que ciertas preguntas aparecen sin resolverse del todo, como si lo importante no fuera contestarlas sino sostenerlas, aun cuando no sepamos bien qué es lo que estamos preguntando.

En esa línea, la amistad aparece también como un espacio de exploración. Los amigos no vienen a resolver la intemperie, pero sí, de algún modo, la vuelven un poco más habitable. El guión, en ese sentido, acierta al no forzar conclusiones: deja que los diálogos respiren y que las escenas se abran a lo que puede —o no— suceder, a la ficha que puede —o no— terminar de caer. Las actuaciones de Adriano La Croce y Lucía Aráoz de Cea sostienen la búsqueda con una naturalidad muy marcada, sin énfasis, como si cada gesto estuviera todavía en proceso.

En un presente que parece exigir definiciones rápidas y trayectorias claras, la película se detiene en ese momento previo, donde las cosas —el trabajo, el futuro, los amigos, los amores, el sexo— todavía no se ordenan ni encuentran palabras para ser nombradas. La película de Máximo Ciambella no ofrece respuestas pero tampoco se repliega en la indefinición: encuentra, en todas esas preguntas, distintas formas de avanzar. Lo que queda es una experiencia abierta que no busca cerrar sentidos, sino acompañar una inquietud que, en el fondo, es común: ¿quién de todos nosotros no se siente un poco perdido?

Amancay se acerca, de manera muy sutil, a una cierta experiencia de época: esa en la que las cosas no terminan de definirse del todo y, sin embargo, siguen en movimiento. 

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