UN ENGRANAJE DE LA MÁQUINA I: «TIEMPOS MODERNOS» (CHARLES CHAPLIN, 1936)

por Belén Paladino

Dentro de la fábrica

“En el trabajo tiene miedo de no ir demasiado deprisa; miedo a equivocarse en las piezas, forzando la velocidad, ya que la rapidez produce una forma de alienación, parecida a la embriaguez, que anula la atención” escribe Simone Weil en La vida y la huelga de los obreros metalúrgicos, un artículo publicado en el año 1936. Weil se formó como filósofa y trabajó como docente hasta que cambió las aulas por la fábrica. En su proceso de proletarización conoce la dura realidad de los obreros metalúrgicos y dedica parte de su obra a la reflexión de la condición obrera. El extracto citado podría resumir parte de la experiencia de Charles Chaplin en Tiempos modernos estrenada ese mismo año. Mientras Weil se aloja en la palabra escrita para retratar en primera persona la fatiga y las violencia a la que es sometido un cuerpo en la fábrica, Chaplin transforma la experiencia obrera en obra cinematográfica y la amplifica gracias a la enorme potencia y masividad del cine de las primeras décadas del siglo XX. A pesar de las particularidades de cada caso, Weil y Chaplin parten de una materia prima común y asumen el enorme desafío de pensar su presente histórico. 

Han pasado 90 años desde el momento en que Weil narra su experiencia obrera y Chaplin filma una película imborrable dentro de la historia del cine, pero sin duda sus voces resuenan en el presente. Es que la problemática vinculada al trabajo, a pesar de la  distancia que nos separa de los modos de producción de principios del siglo XX, continúa siendo una experiencia que nos constituye y determina nuestra vida. Varias de las condiciones expuestas por Weil y Chaplin se mantienen invariables hasta el presente: lxs trabajadores tenemos que trabajar cada vez más para subsistir y el fantasma del desempleo sobrevuela sobre cada unx de nosotrxs mientras crece la cantidad de trabajadores desocupadxs.

Frente a las desventuras de Chaplin aún resuena la carcajada, la risa que despierta su entrañable personaje no es producto de la burla sino más bien de la ternura, la simpatía e incluso la identificación. Pero detrás de la risa prevalece un dejo de tristeza, porque Chaplin supo como nadie que el humor no está escindido de lo real y de la tragedia. En su película retrata el proceso de deshumanización que trae consigo el avance de la técnica al servicio de los sistemas industriales seriados. La presión que genera el trabajo cronometrado ya se manifiesta desde la omnipresente figura del reloj en la secuencia de títulos. Su tarea es ajustar las tuercas colocadas sobre una placa, cuál será el destino de esas piezas y qué lugar ocuparán en el producto final es un misterio tanto para él como para nosotrxs espectadorxs. Weil se pregunta “Si supiera por lo menos qué es lo que debo hacer”, es que en el trabajo seriado la operación que se realiza se vuelve una acción aislada que aleja la posibilidad de vislumbrar conjunto y propósito. Conforme avanza la jornada, el cuerpo de Chaplin será sometido a exigencias y velocidades desenfrenadas. “Cortar cincuenta piezas… colocarlas una a una en la máquina, de un lado, no del otro…manejar cada vez una palanca… sacar la pieza… poner otra… otra… otra… otra… otra más… No voy demasiado rápido. La fatiga se hace sentir» escribe Weil y parece expresar algo del sentimiento de Chaplin en la línea de montaje. Chaplin intenta acelerar el ritmo pero al intentar ahuyentar una mosca se retrasa, el capataz enseguida le reclama velocidad. Chaplin vuelve a recuperar el ritmo perdido pero la picazón hará que las piezas pasen delante de él sin poder ajustar las tuercas, la distancia que mantiene con los dos operarios que se ubican detrás suyo en la línea de montaje se acorta y los tres se apiñan frente a la abertura por la que salen las piezas. Chaplin cae dentro y su cuerpo recorre los engranajes de la máquina, allí continúa ajustando tuercas. El operario es comido por su máquina, su trabajo es lo que la alimenta. En la línea de montaje las funciones vitales parecen suspendidas, el hombre se vuelve un eslabón mecánico. El director de la fábrica exige desde una pantalla mayor velocidad, su voz será la única que se oiga en la fábrica.

Lxs trabajadores de Chaplin aún están sometidos a las convenciones del cine mudo, se manifiestan con gestos pero su voz no se proyecta. El director parece haber llegado del futuro y hacer uso de las posibilidades del cine sonoro. Chaplin, último defensor del cine silente, parece querer advertir a sus colegas fascinados con la novedad que la voz en el cine solo parece útil para vehiculizar mensajes de control. ¿El cine se volverá entonces funcional a los discursos del poder? Luego de haber ingresado en la máquina y de ser sometido a un experimento fallido que permitiría que el operario continúe su tarea mientras almuerza, Chaplin pierde el control de sus movimientos y sufre una crisis nerviosa. El hospital será su próximo destino. La fábrica, como advierte Weil, es un espacio de transformación de materia prima, de creación de objetos que requiere de la destrucción misma del trabajador para hacerla posible. Destrucción no solo de cuerpo sino también de la subjetividad. En Tiempos modernos de la fábrica se sale despedido o en una ambulancia. ¿Acaso fuera de la fábrica aguarda a Chaplin un destino más luminoso?

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