¿CÓMO SE CONSTRUYE UN ÉXITO?: «ARGENTINA, 1985″(2022), DE SANTIAGO MITRE

por Mercedes Orden

Nadie puede negar la notoriedad actual de Argentina, 1985. Situación que resulta valiosa por tres motivos: el hecho de ver a la crítica referirse a problemáticas políticas que obligan a una toma de posición; que las salas llenas de gente y la fila que comienza en el interior del Lorca y da vuelta a la esquina sean motorizadas por el deseo de ver una película de cine nacional en tiempos donde peligra el Fondo de Fomento y que se ubique en la agenda de los medios la temática de la democracia en un mundo donde una derecha que avanza a paso firme parece olvidar las cicatrices del pasado, en un país donde el atentado a la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, los discursos de odio —promovidos por los mismos medios que hoy difunden esta película— y el rol que juega la justicia actual exhiben la fragilidad de este concepto.

En la nueva película dirigida por Santiago Mitre, co-escrita por Mariano Llinás, Ricardo Darín interpreta a Julio César Strassera, fiscal que llevó a cabo la investigación por la que fueran juzgadas las Juntas militares a causa de los delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura. Al costado o detrás de este «héroe nacional», aparece la figura de Luis Moreno Ocampo (interpretado por Peter Lanzani) y un equipo de jóvenes. Me perdonarán el desvío que haga a modo de confesión generacional: no habiendo existido en la época del Juicio —tampoco atestiguado las Leyes de Punto Final y Obediencia Debida ausentes en las placas explicativas de esta película—, la primera vez que supe de Moreno Ocampo fue por el programa televisivo FORUM, la corte del pueblo. Pero antes de convertirse en esa figura completamente espectacularizada, tendría un lugar crucial en el llamado Juicio a las Juntas, durante el gobierno de Raúl Alfonsín, retomado por la producción no menos espectacular dirigida por Mitre.

Entre canciones de Los abuelos de la nada y Charly García el relato avanza centrándose en su protagonista. Strassera es retratado entre la esfera pública y privada, como un padre de familia que conversa con su esposa (Alejandra Flechner), se preocupa por su hija (Gina Mastronicola) y encuentra complicidad en su hijo menor (Santiago Armas Estevarena); a la vez como un hombre cuyo apellido encarna la contradicción de haber sido quien llevó a cabo el Juicio, pero también señalado por no haber actuado en forma previa, cuando la violación sistemática de los derechos humanos ocurrían de forma masiva contra la población civil. Esto último es mencionado, pero no atendido en profundidad, sino que en el mero acto de nombrar pareciera que la película encuentra su conciencia tranquila. El presente narrativo gira en torno a la recopilación de pruebas, las amenazas cotidianas y las presiones de diferentes sectores con las que lidia el fiscal a medida que la investigación acontece.

Si nos apartamos de la superficie, se puede observar que el fenómeno de Argentina, 1985 se ubica por delante de los aspectos cinematográficos, los cuales cumplen, pero no hacen más que repetir viejas fórmulas narrativas. Lo que se habla respecto a la película no es por mérito de su propuesta artística, sino por lo que nos permite hablar: la evocación de las heridas abiertas, la lucha de ciertos organismos, el accionar del aparato judicial, temáticas puestas en diálogo con la amenaza de ciertas figuras y discursos actuales. En tiempos donde las plataformas establecen las condiciones de producción, se podría afirmar que tomar riesgos no es una opción, sino que la decisión pareciera ser conservar las formas y completar casilleros acerca de lo que resulta eficaz.

Desde una mirada debordiana, se puede pensar en la impronta espectacular que acompaña al film. Dice Guy:

El espectáculo se presenta al mismo tiempo como la sociedad misma, como una parte de esta y como instrumento de unificación. En tanto parte de la sociedad, es expresamente el sector que concentra todas las miradas y todas las conciencias. Precisamente por estar separado este sector atrae la mirada engañada y la falsa conciencia; y la unificación que lleva a cabo no es otra cosa que el lenguaje oficial de la separación generalizada.

Lo que propone Debord se confirma en la película de Mitre, frente a esa actitud de contarnos «cómo ocurrieron los hechos», centrándose en un protagonista erigido como el héroe de la etapa alfonsinista. No hay aquí unificación sino plena separación hecha posible por la fetichización expuesta, donde lo que puede incomodar queda fuera o se menciona de forma suave, tibia o radical. Si en La sociedad del espectáculo el autor refiere que «el espectáculo es la ideología por excelencia, porque expone y manifiesta en su plenitud la esencia de todo sistema ideológico: el empobrecimiento, sometimiento y negación de la vida real», en el cine de las plataformas, esta idea es reforzada por cierta confianza por una efectividad que actúa en detrimento del arte.

La película que nos representará en los Premios de la Acedemia de Artes y Ciencias Cinematográficas poco dice, en verdad, de quienes somos, sino que opta por una representación vaciada y con una pseudo crítica del poder que lleva a cabo, a la vez, desde su posición legitimada. El pueblo apenas mencionado, se esboza como un significante, que se ausenta de esa representación aunque se hable en su nombre y se tome algún testimonio y montañas de papeles donde se lo evoca. Si en el cine de Leonardo Favio el imaginario popular resulta siempre presente, desde el amor y pertenencia, el cine de Santiago Mitre confirma su contrario: de un lado están las emociones, del otro, las fórmulas del éxito. El lenguaje espectacular y su deseo de tender hacia allí se ubica por delante del compromiso real, donde incluso los momentos emotivos, las risas o aplausos, parecen estar calculados para que así sean vivenciados por el público.

Argentina, 1985 genera la sensación de temerle a la unión del pueblo, o tal vez no haya un interés genuino y por tanto lo excluye, sin encontrar el deseo de representarlo, sino exponiendo una Plaza de Mayo vacía —algo imposible de ser concebido por el imaginario popular—, y proponiendo hablar de los grandes conceptos (Democracia y Sociedad) sin necesidad de pensar en profundidad de qué estamos hablando cuando nos referimos a estos términos. Llegado a este punto, quizá la nueva película de Mitre sea una oportunidad para detenerse a reflexionar acerca de qué es y cómo se construye un «éxito».

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