FICER: TERRITORIO, PAISAJE, COMUNIDAD (I)

por Candelaria Carreño

¿Cuándo empieza y cuándo termina un festival de cine? Las funciones de apertura marcan el rito inicial, la película elegida para abrir la programación. Sin embargo, para organizadores –y por qué no también espectadores– los tiempos son otros. Trabajo previo a contrarreloj y destajo para ofrecer una selección de películas y actividades donde, en el mejor de los casos, se amalgama una mirada, como ecos que reverberan a lo largo de los días del festival. Para los espectadores, esos ecos se pueden escuchar mucho tiempo después, parte de la información y vivencias que nos proponen las películas en sus formas de ver y habitar el mundo. Un festival termina con su función de clausura, y con las películas premiadas, técnicamente. Pero los ecos siguen sonando, las imágenes se impregnan entre retina y cerebro y vuelven, acuden, están ahí para que las sigamos pensando. 

  Territorio, paisaje y comunidad. Tanto en las palabras iniciales del catálogo de la sexta edición del Festival Internacional de Cine de Entre Ríos (FICER) como en la función inaugural, esas palabras-ecos parecen trazar la senda del recorrido propuesto. Como se mencionó en la apertura, un espacio de trinchera en un contexto de avasallamiento atroz para el cine argentino y el sistema de crueldad que se impone desde el gobierno nacional. Un espacio de trinchera que, como todo festival, genera comunidad, en este caso asociado con el territorio, Entre Ríos, pero también en su correntada regional del noreste, traspasando fronteras provinciales, y enunciado desde la región, como delimita la programación, compuesta principalmente de cine nacional. Solo la sección internacional comprende cineastas de otros países. Tanto la Sección Oficial, como la sección Correntada Cine Argentino, están integradas por películas nacionales, completandose con el panorama que concentra el núcleo duro del festival: los Cortos Entrerrianos, Cine Entrerriano y Panorama Regional. Un espacio de trinchera y resistencia que también pretende dar cuenta e impulsar la producción cinematográfica de la región. Del presente, del futuro, pero también del pasado: la recientemente inaugurada Cinemateca de Entre Ríos, que se dedica a la puesta en valor del patrimonio audiovisual de la provincia, propone focos y proyecciones en fílmico, como es el caso de la poeta, educadora y cineasta santafesina Marilyn Contardi, o  del entrerriano Jorge Surraco. Territorio, comunidad y paisaje en las imágenes, como también fuera de ellas, al salir de la sala. Si hay trincheras y territorios de por medio, cabe mencionar que en las afueras del Centro de Convenciones donde se realizó la apertura, un grupo de vecinos, ajenos a la organización del festival, realizó una intervención a modo de manifestación con pancartas donde denunciaban el uso de agrotóxicos en la región. El mismo paisaje que la película de apertura magnifica, es asediado por las lógicas corporativistas de extracción territorial. 

  Si bien un festival de cine, comienza antes que en su función inaugural, la película de apertura, marca un puntapié inicial  En el mejor de los casos, el film puede contener aquello que pretende resonar desde la mirada programática del festival: territorio, comunidad y paisaje. Elda y los monstruos (Nicolás Herzog, 2023) habita estos ecos, que se interrelacionan entre sí durante la película. La historia sigue de cerca a Diego, o Elsa: contra toda lógica binaria, la identidad de la o él protagonista es un terreno lábil y permeable, híbrido, tanto así como la trama narrativa que propone el largometraje. Le profesorx de canto, cantante, artista, performer, no está solx, sino que es acompañadx por un grupo de amigxs que conforman un retrato colectivo. La figura individual se colectiviza, se vuelve comunidad al trascender la presencia magnética de lx protagonista, para volverse retrato grupal. Una comunidad –queer, lgbtqi+ o como se prefiera– pero más allá de eso, un entramado colectivo de amigxs que se sostienen en la cotidianidad, entre crisis económica, salidas, tardes de pileta, birras, atravesados intrínsecamente por el paisaje que habitan, que no solo es imagen, sino trama sonora en la película. Ya sea por el viaje que emprenden tierra adentro, procesión mística para honrar a La Muda, una figura de la comunidad trans víctima de trans femicidio, que no fue tal en la vida real, pero que encarna en su representación simbólica a todxs aquellxs muertxs que invoca. En esa road movie onírica que se abre a mediados de la película, el paisaje se vuelve territorio sonoro indivisible del retrato colectivo, corporalidad y naturaleza coquetean entre sí, jugando con los tintes de un viaje de descubrimiento místico y personal de lx protagonista.  El otro territorio sonoro que compone el film es su música, nueve canciones originales, entre otras, realizadas e interpretadas por la banda de Elda, con escenas de presentaciones en vivo dentro del universo ficcional propuesto; la música acompaña la vida y el corazón de lx prtagonistx, que se espeja en la película. Así, Elda y los monstruos discurre en la hibridación del documental y la ficción, se permite ir y venir con los géneros y los tonos que estos conllevan. Si bien hay pasajes narrativos que por la propia hibridez del film generan resquicios de confusión, la amalgama final de la historia toma esa confusión en su favor para no aproximar ninguna certeza identitaria, sino abrazar el caos apacible y comunitario que presenta el retrato colectivo como elemento aunador de la trama narrativa. Las historias visibilizadas en la película se vuelven hoy más espacio de trinchera que nunca. Declaraciones que estuvieron presentes tanto en la presentación por parte del equipo del film, como también por parte del público en el momento de preguntas y respuestas al finalizar la función. 

Para terminar la primera jornada, en la función de trasnoche se proyectaron los cortometrajes Tigre (Carlos Alberto Pessano, 1939) y Nahuel Huapi (Carlos Alberto Pessano, 1941), recuperados por el Museo del Cine, con la figura de Tilda Thamar,  actriz, cineasta y pintora entrerriana a la cual el FICER en su sexta edición rinde homenaje. En el patio de comidas, con proyección al aire libre, se entremezclaron las figuras de Tilda y Elda, la protagonista del largometraje de apertura: improvisadamente, mientras se proyectaba uno de los cortometrajes, con su instrumento y su potente voz, Elda – junto a Diego y Tilda– regalaron un breve repertorio litoraleño, con boleros y canciones de Chabuca Granda, para cerrar la primera noche de cine en la ciudad paranaense.

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