FICER 2025: I ENTREGA

por Candelaria Carreño

El Festival Internacional de Cine de Entre Ríos cuenta con siete ediciones en su historia. La ciudad que lo alberga, Paraná, tiene ondulaciones en su diagrama arquitectónico. En las calles más cercanas a la costanera, como un eco de las correntadas de su homónimo río, se traza un recorrido sinuoso. Alguien alguna vez comentó una idea que escuchó de otra persona, y que encaja también con FICER: los festivales que suceden en ciudades que tienen mar (tomémonos la licencia y cambiemos por río) nos regalan la posibilidad de lavar la mirada. Como si esa actividad inagotable que es pretender abordar al menos un pedacito de la constelación de películas, recibiera un respiro, un alivio a los ojos, al mirar un horizonte acuoso. Ondulaciones, descanso de la mirada, una constelación de películas en su programación, donde cada cual se arma su propio conglomerado luminoso. Dentro de la Sección Internacional, fuera de competencia, se proyectó Little, Big and Far (2024). El cineasta Jem Cohen construye una narrativa coral donde sus colegas del ámbito cine (Franz Schwartz, cineastas como Jessica Sarah Rinland y Leslie Thornton) devenidos científicos —en el cruce inclasificable entre ficción y documental que propone— son expertos en el cielo que reflexionan sobre su actividad, en el más allá de lo que está a simple vista. Karl (Schwartz), el astrónomo que jerarquiza el relato en la película, justifica su profesión a partir de las tres palabras que le dan nombre al largometraje: en la observación del espacio exterior encuentra algo de lo pequeño, pero a la vez lejano y gigante que el cielo en sus misterios, tiempos y enigmas, lo envuelve y sigue maravillando aún en sus avanzados años de carrera. Algo de lo enorme, lejano y cercano, esa misma atracción magnética que produce mirar el cielo, puede ocurrir cuando nos disponemos a abordar las funciones de un festival de cine. 

 Año a año, el FICER confirma su crecimiento, con una comunidad férrea conformada por algunos foráneos que llegan desde afuera de la provincia, pero sobre todo de los propios y propias paranaenses, un gentilicio tan ondulado como su río: el hiato de sus dos vocales abiertas modulan y dibujan una curva especial. En sus funciones se pueden descubrir puntos de encuentro, diálogos que las películas establecen incluso sin querer, entre sí, como los flujos de materia y corrientes de gas que conforman un entramado de galaxias o las curvas que se aparecen a las ondulaciones de su ciudad y las correntadas del río, el camino que cada cual se arma para llegar a una u otra función. Una comunidad que asiste a las salas incluso en el horario de la apesadumbrada siesta entrerriana, pero que también, en el trastabillar de quedarse sin lugar por exceso de espectadores en una función, ingresa a otra paralela. Fue lo que sucedió con gran parte del público que no pudo ingresar a Emboscada (Mauro Bedendo, 2025), protagonizada por Roly Serrano y Osvaldo Laport, y que fue invitado a dirigirse a otra película en las antípodas de la propuesta filmada íntegramente en Paraná y Villa Urquiza: Mente Maestra (2025), de Kelly Reichardt. Funciones que, como el resto de la programación, fueron todas gratuitas, un gran ejemplo de que una política pública, que apuesta a un acceso democrático a la cultura, efectivamente logra que las butacas estén ocupadas.

En este contexto, su volumen de público funciona casi como un cachetazo de respuesta a ciertos sectores que se empeñan en contabilizar espectadores como medida del éxito de una película, pero que sin embargo, con sus políticas segregacionistas del ajuste, acotan el acceso cultural a unos pocos, como sucedió en la última edición del Festival de Cine de Mar del Plata, no solo por el aumento del valor de las entradas, sino también por el paupérrimo planteo en su conjunto, vaciado de todo “esplendor”. FICER es un espacio que crece no solo en volumen de espectadores, sino también en su propuesta, y afirma que no es necesario llevar a las “grandes estrellas” para que el público habite las salas, sabiendo contener a quienes habitan el calor entrerriano —este año con una amenaza de lluvia latente que se desencadenó tras la proyección de Un cabo suelto (2025) de Daniel Hendler, película de clausura— durante los días que acontece el festival. La apuesta al cine de la región tuvo varios puntos fuertes: desde el sector industria, con la presentación del FICER Forum junto a la puesta en marcha de la Ley de Fomento a la Actividad Cultural de la provincia; hasta el foco Temporada de Rescate, que reunió los cortometrajes entrerrianos recuperados La doma (1969) de Patricio Coll y Lázaro blanco (1995) de Rolando “Conejo” López, en diálogo con la reciente inauguración de la Cinemateca de Entre Ríos. La programación presentó un panorama amplio del cine nacional —y, como es costumbre, del cine entrerriano y regional—, con actividades especiales que fueron desde charlas hasta actividades abiertas a la comunidad. Este año, además, contó con la presencia de Ignacio Agüero, invitado de enorme peso para el cine latinoamericano, que tuvo un foco de sus películas, incluyendo su última Carta a mis padres muertos (2025), y una charla magistral.

Elegir las películas que se ven en un festival siempre implica un recorte: una constelación posible que se activa cada vez que la pantalla se ilumina. Si jugamos con una metáfora cinematográfica, el encuadre —ese eje fundamental para quien observa la realidad cámara mediante, como subrayó Ignacio Agüero en su charla— puede responder a múltiples motivos, pero el juicio personal siempre interviene. Observar desde la oscuridad de las salas las pantallas encendidas, de la misma manera que Karl, el protagonista de Little, big and far viaja a una isla griega para observar la potencia del cielo de noche mientras reflexiona con sus colegas científicos sobre el contexto y la realidad, el paso del tiempo y los afectos. Lo pequeño y lo cercano, lo enorme y lo íntimo, la potencia que permiten las películas, y el pensar alrededor de ellas.

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