“NEON MANIACS” (1986), JOSEPH MANGINE. ESCRIBE: GUILLERMO MASSE

Guillermo Masse. Decodificador, vocalista de Gente Conversando. Graba discos, actúa en vivo. Le gusta escribir.

Hace mucho que tiempo me tildaron de chatarrero. Es cierto, no lo niego, me gusta hurgar en los ignorados mundos del cine clase B o Z. De nene pasaba mis sábados en las bateas de mítico videoclub “Mondo macabro”, he llegado a conseguir películas que me avergüenzan y otras que llevo con orgullo, algunas puedo compartirlas con amigos y otras solo yo puedo disfrutar. Aprendí a convivir con este fetiche también en soledad, pero no podría enamorarme de alguien que no consuma películas malas. Lo que para mucha gente lleva ese calificativo capcioso, para mí es un compendio de maravillas.

Parafraseando, las piedras preciosas no son preciosas por bellas sino por únicas.

Algo así quiso decir mi padre cuando en un partido de fútbol infantil y luego de varios intentos de gol frustrado en el que la pelota dio en el travesaño tres veces seguidas; “Guillermo, es más difícil pegarle tantas veces al travesaño que meter un gol”. Eso mismo me sucede con las películas clase B. La historia por lo general las subestima por estar “mal hechas” pero lo que algunos observan como error, para mí no deja de ser un logro estético. Que tan fácil es que una película sea enteramente “desatinada”, que un equipo de trabajo se ponga de acuerdo en registrar: malas actuaciones, mala dirección, mala fotografía, mal guión, mal sonido, mal montaje, mal etcétera. Si el error resulta ordenado entonces el lenguaje crea un mundo, lo correcto en contramano. Las películas realmente malas son las que creen decir algo inteligente y quedan a mitad de camino, entre la moral y la pretensión de belleza. Pero las que logran dar equilibradamente con lo que se supone no hay que hacer, en mi universo se vuelven perfectas.

Tuve la desgracia de quedarme sin computadora las primeras semanas de la cuarentena, justo cuando los técnicos de computadoras pensaban en ponerse una verdulería y brillaban por su ausencia.  Por suerte mi hermano me donó una pc portátil de más de diez años que me salvaría al menos en los ratos más densos del claustro pandémico. Como el artefacto era extremadamente lento no podía mantener más de 2 ventanas abiertas y menos que menos (por la compatibilidad de Windows con su antigüedad), animarme a instalar programas. Entonces tuve que contentarme con el viejo y querido YouTube. Algunos algoritmos requerían creatividad, pero por lo general el más recurrido terminaba siendo “Película entera VOSE” alternando con “FULL SUB” y sus diferentes alternativas, tal vez en esa rueda de la fortuna diera con un elemento clave, o tal vez un placebo amigable.  Y así fue como una noche de frío, lluvia y llanto, pero también risa, di con una perlita titulada “El baúl de Eddie”. Un magnífico canal relativamente nuevo dedicado a subir pelis de terror clase B subtituladas magistralmente por Eddie, a quien le estaré por siempre agradecido. Gracias a Eddie descubrí verdaderas maravillas del décimo cuarto arte. Hoy quiero hablar de una de ellas, llamada “Neón maniacs” de Joseph Mangine. Una obra de la que nunca queda en claro si resulta “mala” adrede ó sin querer, por error.

 La historia es conocida, en una categoría mucho más baja, pero en un punto intermedio entre Halloween y Basquet Case, un grupo de típicos adolescentes yanquis cuya única aspiración es beber y tener sexo, es atacado consecutivamente -oh! casualidad- cada vez que están por tener relaciones carnales. En esta película encontraremos todos los ingredientes que se necesitan para hacer una buena película de terror slasher ochentero, la policía es estúpida, los chicos poseen un bajo coeficiente intelectual, circulan llamadas telefónicas sórdidas, y por supuesto también corre mucha sangre. Todo esto en un escenario de esplendor de vida norteamericana. La gran diferencia con otras películas del estilo es que en esta película los atacantes no responden al típico asesino loco traumado infante, escapado del manicomio, aquí los asesinos resultan ser monstruos mutantes, encarnados muy lúdicamente por actores magníficamente caracterizados. Cada uno de esos mutantes posee una identidad propia: El hombre neandertal, el guerrero mongol, el tiburón con gancho carnicero, el motoquero sado, el cirujano loco, el guerrillero libanés son algunos ejemplos, haciendo aún más virtuoso su accionar. No quisiera spoilear pero si, también está la chica sensible que sortea los obstáculos gracias a su inteligencia y buena moral, conocida en el rubro como “Last girl”. La fotografía tiene grandes momentos, pero quiero destacar la banda de sonido a cargo de un tal Kendall Schmit que no pude encontrar en Google pero que haría ruborizar a cualquier figurín de moda. También hay música de pop ochentero y una pizca de hard rock, para variar.

Para quien no quiera ver más allá es una película berreta, su trama no es sofisticada, las actuaciones son prolijamente malas y por momentos puede volverse un poco lenta. Jamás terminamos de sentir empatía por los mutantes de neón, ni sabemos de donde salieron. Pero el placer que estos seres encuentran al cometer sus actos, la pasión y la creatividad que invierten en el crimen, logra en el espectador un efecto de confuso cariño. Ideal para un sábado a la hora de la siesta, tal vez acompañado de un plato hondo con papas fritas y unas latitas de cerveza.  

Por momentos más oscura, por momentos más naif, pero siempre impune. Los efectos especiales se notan que fueron creados por verdaderos artesanos y es algo que se destaca entre otros dones (a esto me refería con la comparación a Basket Case). El registro actoral es equitativo. Actúan todos mal, pero su teñido kitsch de telenovela estadounidense (algo que a Lynch todos le adoramos) hace al encanto. Todo esto logra que la película en su despliegue tenga la belleza justa, sobria, de a ratos sin sobresaltos, pero auténtica y original. Si usted logra disfrutarla sin culpa, si supera los bajos planos del prejuicio, será galardonado con el beneficio de la diversión, en cambio si usted encuentra absurdo el hecho de mirarla, déjeme decirle que el sol no se puede tapar con la mano, que existen millones de maravillas escondidas en lo profundo del mar, es su decisión bucear hasta encontrarlas. Esas aguas siguen bajando y subiendo turbias, y están esperándolo para juntos nadar hacia los confines del enigma, reinventado lo oficial y su parodia, reconociendo la belleza en cualquier negativo descartado.

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