“LAS VENGANZAS DE BETO SÁNCHEZ” (1973), HÉCTOR OLIVERA. ESCRIBRE: JUAN MARTÍN NACINOVICH

Me lo dijo John Jairo Sanguinez Cárdenas
desde que lo tajearon quedó resentido
por eso Beto mata por gusto
Beto no mata por susto.

Beto mataporgusto, 2008, Fútbol

Juan Martín Nacinovich, Buenos Aires. Periodista. Actualmente en ArteZeta; ex indieHearts y El Acople, entre otros. Tiene un emprendimiento de conservas y pastelería que se llama Chela Factory. Hace poco produjo un especial doble en homenaje a Rosario Bléfari para ArteZeta.

HOMENAJE A ROSARIO
Parte 1 / Parte 2


Beto Sánchez está desempleado. Tiene 43 años. Son los setentas, pero tranquilamente podría ser la actualidad. Mientras atraviesa una situación económica precaria, su padre muere en un hospital público y Beto se desmorona por completo, pierde el norte. Su vida entra en una especie de impasse contemplativo. Beto recula, reflexiona, se vuelve a pensar a sí mismo y a todo el aparato institucional y burocrático que lo rodea. Y allí, en esa pausa, en medio de un rapto de lucidez, coraje e ingenuidad absoluta, Beto intenta escapar y emprende un camino de (anti)héroe con la venganza como punta de lanza –aunque sin toda la sangre de la trilogía surcoreana que Park Chan-wook le dedico a la vendetta (Symphathy for Mr. Vengeance, Oldboy y Chinjeolhan geumjassi)–.

Entonces dispone un plan. Beto (Pepe Soriano) se va a vengar de todxs aquellxs culpables de la suerte que corrió en su vida adulta: su amigo de la infancia (Federico Luppi); la maestra del primario (China Zorilla); su primera novia (Irma Roy); el jefe de su primer trabajo y su coronel (Héctor Alterio) del servicio militar obligatorio. A primera vista, el leitmotiv del filme de Héctor Olivera podría parecer rudimentario, incluso infantil, coqueteando con una fantasía mundana y privada que nunca se puede exteriorizar por miedo al qué dirán, pero la realidad es que se adentra con hondura en la cabeza humana, traspasando piel, carne y hueso. Durante su encuentro con su superior del ejército, Beto
confiesa: “yo le tenía mucho miedo, Coronel, escuchaba su nombre y me moría de miedo (…) por si fuera poco el miedo que me metieron en mi casa, en la escuela, en la iglesia, en el trabajo, usted me llenó con el miedo que me faltaba”. Pero Beto ya no tiene más miedo.

En determinado momento, intenta enfrentarse con los verdaderos popes empresariales corporativos, los que no tienen nombres, mucho menos rostros. ¿Qué posibilidades reales de un cambio profundo existen mientras esta estirpe macabra siga existiendo y engordando sus cuentas bancarias? ¿Cómo dejar paso a nuevas formas de resistencia contra las sociedades de control? Mark Fisher intentó varias veces responder estos interrogantes. Dice en su libro Los fantasmas de mi vida (Ed. Caja Negra, 2013): “Las lúgubres lisonjas del éxito burgués son presentadas como el único modelo posible de triunfo. Mientras que el fracaso está garantizado para la mayoría, el éxito ofrece solo una monótona rutina de trabajos excesivos, símbolos de estatus vacíos y preocupaciones sobre la educación de los hijos. Lo que sea ha perdido es la prometeica ambición de la clase trabajadora de producir un mundo que exceda –existencial, estética y también políticamente– los miserables confines de la cultura burguesa”. Injustamente olvidada, Las Venganzas de Beto Sánchez es un compendio de frustraciones económicas, filosóficas y sentimentales que atormentan a nuestro protagonista. Pero él busca su venganza, al acecho como uno de esos perros entrenados que tienen el olor de la presa en la punta del hocico. Al final, lo más importante es que Beto lo intenta; lo demás es anecdótico.

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