por Valentina Vignardi
Marcos Joubert está preso en un penal de Buenos Aires. Uno de sus compañeros cumple años y lo festejan entre varios, alrededor de una torta de chocolate con forma de corazón. Le piden que se acerque para salir en la foto, pero Marcos dice que no, que está haciendo su documental. Plata o mierda (2025), es una obra que nace de un intercambio sostenido junto a la directora Toia Bonino durante años con un celular clandestino: él graba desde la cárcel, sube sus videos a un Drive, recibe audios, conversa con Toia sobre el encuadre, sobre la película que se va armando, sobre el tiempo que pasa y sobre una vida que queda en suspenso. Desde 2017 trabajan juntos documentando la vida en la cárcel, en una película “dirigida a cuatro manos”.
Esa escena del cumpleaños toca el centro de la película, Marcos está en todas partes y entra poco en la imagen, porque lo que llega primero es su mirada, una forma de estar pegado a los otros y a las cosas, al compañero que se baña con una palangana y un vaso, al amigo que habla por el hueco de cemento entre celdas y prepara decenas de tortafritas, a los compañeros entrenando con botellones llenos de agua, a la tele prendida sin señal, a la canción constante que se cuela y deja el plano lleno de restos. Sus imágenes vienen saturadas de información, como si cada toma tuviera que cargar el ruido de ese mundo y también el tiempo que lo roe. Toia le pide que aparezca más. Ahí se abre un hilo muy fino, una pregunta por la medida de la propia exposición, por cuánto de si entra en cuadro cuando la vida ya viene cercada por otras miradas.
Cuando este proyecto estaba en proceso, Bonino y Joubert estrenaron en la página de la revista Kilómetro 111 el cortometraje Apuntes para la piba de oro (2021), que contiene varias secuencias luego incluidas en Plata o mierda. Maia Navas escribe ahí que “la escucha es la condición de la obra de arte como testimonio” y puso el dedo en la tensión ética de “¿quién, y cómo, filma a quién?”. También leyó Apuntes… como una apuesta a una “estética low tech” armada desde el encierro, con una imagen precaria cuya potencia está en volver posible el registro1. Plata o mierda recoge todo eso y lo lleva a un punto más tironeado, más inestable, porque esa escucha que Maia veía como condición del testimonio carga acá el peso del desacuerdo, del cansancio, de una desproporción de experiencia que la película arrastra en cada intercambio de WhatsApp. Marcos siente que Toia no lo entiende, amenaza con dejar de filmar, le dice que no sabe quién de los dos tiene más que perder. La escucha sigue ahí, sostenida en el tiempo del vínculo y trabajada por una fatiga que también toca la autoría.
En Plata o mierda empieza a abrirse una pregunta por la autoría bajo la forma de una codirección tironeada, porque Marcos produce toda la materia visual del film desde adentro de la cárcel, sostiene el teléfono, decide cuánto de sí deja pasar en cuadro, carga con el riesgo de cada imagen y con el tiempo espeso de ese encierro, mientras Toia escucha, propone, insiste, devuelve consignas, organiza el montaje y trabaja un sonido herido por la precariedad del registro, un sonido que encuentra en la postproducción, en el foley, en toda esa recomposición paciente, otra forma de cuerpo. La película se hace en esa separación, en esa tensión, en esa experiencia partida adentro/afuera, entre quien arriesga la imagen y quien la recibe, la ordena, la monta y la hace circular. Dirigir, acá, se parece más a una negociación sobre la imagen, el tiempo, cuerpo y la “pertenencia” final del film. Por momentos Plata o mierda parece inclinarse hacia Marcos, hacia su tiempo preso, hacia la potestad que conserva sobre la propia aparición, hacia esa amenaza latente de retirar la voz, cortar el vínculo, dejar caer la película, como si la obra entera terminara descansando sobre la gravedad de su mirada.
Mientras la veía, la película se me fue acercando a una pequeña constelación. En Selfie (2019), Agostino Ferrente les da un iPhone a Alessandro y Pietro para que se filmen a sí mismos y comenten su vida cotidiana en Nápoles; en El príncipe de Nanawa (2025), Clarisa Navas acompaña a Ángel durante casi diez años y le propone filmar las cosas de su mundo, devolverle imágenes al film desde adentro de su propia vida. En las tres circula una pregunta por el reparto de la imagen, por el lazo entre quien propone y quien registra y queda delante de cámara. En Plata o mierda esa pregunta agarra una forma particularmente intensa porque Marcos elige muchas veces quedarse sosteniendo un plano POV, incluso cuando lo llaman a entrar en la foto, a estar presente, y desde ese gesto ordena su presencia en un espacio donde casi todo ya fue administrado por otros.
Después llega la noche y la película cambia de respiración, Marcos queda solo mirando tormentas, rayos que parecen entrar en la imagen solo para él, arrancados por un segundo al uso inmediato del documento. Ahí asoma otra textura, una relación entre soledad y mirada que desplaza la película hacia un lugar menos descriptivo, más íntimo, casi secreto. Ya no hay piba de oro, dice en un momento. Es plata o mierda y él perdió. Le cuenta a Toia que la cárcel no le sacó nada, que lo que de verdad arrasa es el tiempo. La frase queda zumbando porque mueve el encierro de lugar y lo deja caer sobre la vida como duración, como desgaste, como una materia que roe los vínculos, la imagen de uno mismo, la posibilidad de imaginar otra cosa.Hacia el final, Plata o mierda deja crecer una expectativa sobre su propio cierre. Marcos espera ser trasladado más cerca de su familia y desde ahí poder pedir salidas transitorias. Marcos imagina el final del relato con él duchándose en un hotel de lujo, ese afuera circula por la película como fantasía, como deseo que apenas encuentra dónde apoyarse. La película decide terminar antes y en el último plano sigue aún adentro, en un penal nuevo durante un apagón, entre el golpeteo de los barrotes y los gritos de los presos pidiendo luz. Entonces comienzan los créditos, el público aplaude, se prenden las luces y los nombres siguen apareciendo en la pantalla. Hasta que Marcos entra caminando a la sala junto a Toia. Esa entrada pega en esa secuencia exacta porque la película termina con él preso y el cuerpo que cruza la puerta llega desde una vida que sigue cercada, desde una espera que el film deja abierta. Durante toda la película había estado ahí como voz, como mirada, como el que sostiene el teléfono y mide su propia aparición en los pocos planos que se dedica a sí mismo afeitándose o averiguando sobre el estado de su causa. Cuando entra, entra dos veces, como hombre presente ante nosotros y como resto inmediato de ese último plano, con los barrotes todavía sonando. La escucha que Maia Navas pensaba como condición del testimonio encuentra ahí una torsión fuerte: la película se hizo escuchando a Marcos y termina descansando, sobre todo, en su mirada.
- Navas, M. (2021). Cine-testigo: La dimensión de escucha en los audiovisuales de Toia Bonino. Kilómetro 111. [https://kilometro111cine.com.ar/apuntes-para-la-piba-de-oro/] ↩︎