NI SIQUIERA LOS MUERTOS ESTARÁN A SALVO… SOBRE «NO MATAR» (JUAN VILLEGAS, 2026)

por Valentina Vignardi

Una placa negra abre el documental No matar (2026, Juan Villegas) y arma, antes de cualquier testimonio, una operación de guante blanco. “Dedicado a los muertos por la acción de la violencia política durante toda la historia de la Argentina, especialmente a las víctimas del terrorismo de Estado durante la última dictadura y a los muertos por las acciones cometidas por las organizaciones armadas en la década del 70”. La frase empieza en una extensión tan vasta que la materia histórica pierde toda su densidad y concede luego una inflexión con ese “especialmente” donde aparece por un instante la singularidad del terrorismo de Estado y enseguida la acomoda en una superficie común, bajo un techo verbal capaz de recibir desaparición/tortura/secuestro/cuerpo vuelto resto, junto a otros muertos, en una dedicatoria donde la cortesía funeraria ya funciona como programa. Los muertos todos.


Ni siquiera los muertos estarán a salvo mientras el enemigo venza, y el enemigo viene venciendo también en la lengua, en la facilidad con que una fórmula pública toca los cuerpos de los desaparecidos y los corre de lugar, los hace pasar de la intemperie política al fichero de una deuda compartida, “curro de los derechos humanos”, “memoria completa”, palabras dichas con la soltura de alguien que sabe que el daño empieza antes de cualquier  prueba, en el permiso para llamar negocio al duelo, para exigir una mitad faltante de verdad donde el Estado todavía guarda sus papeles, sus órdenes, sus listas, sus nombres cambiados, sus desaparecidos mal enterrados. La placa nos encuentra demasiado confiados en la solidez del Nunca Más, en una memoria sellada de una vez, y viene a recordarnos que también hay que cuidarlos de este idioma que vuelve a capturarlos, de esa cortesía que los nombra juntos y los deja quietos, en una igualdad de un cementerio sin cuerpos.


Dice Villegas que quiso ponerlos “en igualdad”, con su cámara frontal y su planicie de escucha justa, un cuidado formal que termina funcionando como procedimiento histórico. El encuadre fijo, la distancia pareja, la duración pastosa convierten cada testimonio en una unidad de valor equivalente, una ficha sobre la mesa donde responsabilidades y violencias de estatuto distinto adquieren el mismo peso visual. Si la injuria, como quería Borges, tiene la obligación de ser memorable, el documental es un fracaso incluso en eso, porque lastima con una forma chata, en un gran bloque solemne de casi cuatro horas cuya monotonía produce la operación sobre los muertos, la vuelve costumbre de la mirada, una manera de sentarlos bajo una luz pareja hasta que el daño parezca orden.

La película encuentra ahí su coartada más eficaz cuando hace salir la condena de la lucha armada desde la boca del ex militante, una voz investida por la experiencia y serenada por la distancia, con las culpas ya ordenadas en frases citables: “llegó el momento de empezar a matar, porque matar habíamos que matar”, “se empezó a legitimar esa cosa de que la muerte sirve para lograr tal objetivo”. Esa autocrítica tan redonda, tan disponible para el montaje, le permite a No matar ahorrar pensamiento histórico y ganar efecto moral, como si la experiencia bastara para sellar el sentido de una época, como si el recuerdo de una antigua fascinación por las armas pudiera ocupar el lugar de una pregunta por las condiciones que hicieron posible esa violencia, por el Estado que la antecedió, la esperó, la usó y luego la desbordó con una maquinaria clandestina infinitamente más vasta.

Entrevistado por Diego Papic en Seúl (la revista donde el director también escribe) Villegas dice que la idea de “Memoria Completa” le parece “un poco falsa” porque trae implícita la idea de igualar, “hay una media verdad y falta la otra media verdad”. Pero ahí la película queda atrapada en sí misma, que reconoce el peligro de la balanza y aún así filma bajo su sombra, rechaza el lema y conserva su lógica, mientras alrededor crecen las palabras de la época, con la sospecha sobre los treinta mil en una lengua pública que vuelve sobre los desaparecidos para pedirles obediencia póstuma, y en ese clima No matar se ofrece como una pieza sobria, razonable, dialoguista, justo cuando lo razonable empieza a funcionar como una nueva cortesía para ultrajar a los muertos. Finalmente, y para colmo, el propio Villegas salió a hablar por su película: escribió que entendió que No matar “no puede hablar sola”, una confesión casi perfecta para una obra de casi cuatro horas que había confiado todo a la frontalidad de sus testimonios y que ahora necesita patota y escolta, como si esa escucha justa que decía ofrecer precisara, después de la función, un manual de uso para que el desacuerdo no la desarme.

La defensa de Seúl a su compañero también confirma el clima que la película necesita para volverse un éxito entre sus lectores, porque la revista recopila las reseñas adversas en un rastrillaje casi policial del desacuerdo, “empezó el llanto”, dice, y rápido quiere convertir a la crítica en síntoma de una histeria progresista, en mala fe previa, hasta llegar a que quienes objetan el documental queden declarados “indignos de ser tomados en cuenta como interlocutores válidos”. La placa, la puesta, la bibliografía, el uso del testimonio, la igualdad visual que aplana estatutos históricos quedan desplazados por un análisis de la moral de quienes miramos, que se nos atribuye una secreta simpatía sádica por la muerte de civiles, se nos empuja fuera de la conversación con el mismo gesto con que la película dice abrir un diálogo, y entonces alrededor de No matar se forma una escena nítida: el pedido de conversación acompañado por una policía de la escucha. Una custodia ofendida que es más bien una operación lateral de la película: cada objeción a su dispositivo puede ser convertida en prueba de que esa austeridad era necesaria, cada reparo histórico en confirmación de un tabú, cada incomodidad ante la equivalencia en falta de piedad frente a víctimas que por fin hablarían.

La discusión siguió creciendo en las últimas semanas: es interesante escuchar ese ruido con las respuestas de Carri y Prividera quizá como señal de que la película logra apenas rozar algo que ya estaba ahí, como dice Carri, la soledad de ciertos duelos, la dificultad de alojar muertes producidas por las organizaciones armadas, el peso de una generación que también dejó daños y explicaciones malas. Y justo en ese terreno se vuelve más grave la pobreza de esta obra, porque encuentra una herida y la deja caer en una forma sin intemperie, entre arrepentidos que ya tienen armada su frase, familiares puestos a probar su dolor y una historia agrandada hasta perder la escena precisa del crimen estatal.

Llinás intenta leer ahí una posibilidad, quizá la más rebuscada de las defensas, cuando propone que esos muertos tengan un pequeño cuarto en el Museo de la Memoria, contiguo a las salas donde se conmemoran las víctimas del terrorismo de Estado. La imagen es brutal. Un cuarto nuevo parece una solución democrática, una ampliación razonable del edificio, una hospitalidad tardía para dolores usados por la derecha y abandonados por otras lenguas, todo depende de la puerta de entrada, de sus carteles, del recorrido, de la voz que guía la visita, porque una memoria se modifica entera cuando se le agrega una sala mal ubicada, y si la entrada dice “violencia política durante toda la historia de la Argentina”, el terrorismo de Estado empieza a cruzar el umbral sin su aparato, como un dolor enorme entre otros dolores, mientras los desaparecidos, todavía atados a la acusación de su cautiverio ilegal, quedan más cerca de una pena nacional que de la maquinaria que los borró.

La consigna de la memoria completa, gran coartada presentada como reclamo emocional de una verdad faltante, deja intacta la zona donde esa verdad quedó retenida en el Estado, en sus expedientes que todavía respiran su obediencia militar. Que abran los archivos les vienen exigiendo desde hace décadas los organismos de derechos humanos (y quienes estamos presentes los 24 de marzo cada año), porque ahí está lo único capaz de responder por el terrorismo de Estado, el archivo del cautiverio ilegal, de los bebés robados, cadáveres arrojados o enterrados bajo otro nombre. De modo que quienes hoy se pronuncian por una “memoria completa” rogando por su propia reparación jamás escuchada podrían empezar por ahí, por acompañar esa exigencia y buscar en sus propias casas, en sus instituciones, en las fuerzas que heredaron la lengua del orden, los papeles que todavía faltan, los documentos que permitan saber cómo se escribió el exterminio mientras ocurría, con qué palabras llamaron a los cuerpos que violaron, torturaron, destrozaron, mermaron, porque una memoria de verdad completa abriría la administración clandestina del Estado antes de usar “toda la historia” como un permiso para el verdugo.

Ni siquiera los muertos estarán a salvo mientras el enemigo venza, y en la Argentina ese enemigo también vence hoy cuando logra ensanchar “toda la historia de la Argentina” hasta hacer de ella un museo general de la violencia, con vitrinas lo bastante amplias para que el terrorismo de Estado y los desaparecidos entren todos juntos en el mismo estante.

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