por Belén Paladino
Fuera de la fábrica
Tras una extenuante jornada laboral que le produce un desborde psicofísico Chaplin es trasladado sin escalas desde la fábrica hasta un hospital psiquiátrico. Luego de terminar el tratamiento y salir del hospital pasa a formar parte de la creciente masa de trabajadores desempleadxs. Al dirigirse a la fábrica en la que trabajaba encuentra un cartel en la puerta que dice: cerrado. ¿Qué hacer ahora? ¿cómo ganarse el pan? Acompañado de una melodía melancólica que da cuenta de su interior sumido en la preocupación, ve caer una bandera desde un camión que traslada materiales. Chaplin la toma y la agita con entusiasmo para que el conductor vuelva por ella. Avanza por medio de la calle y un grupo de hombres que dobla la esquina se unen a su marcha. Se trata de un grupo de trabajadores desocupados que levantan carteles y banderas, en los que pueden leer consignas como: Unidos o Libertad o muerte. Chaplin en ningún momento mira atrás, no es consciente que detrás suyo avanzan los trabajadores. A pesar del blanco y negro sabemos que esa bandera es roja, ya lo sabíamos cuando estaba en el camión para indicar precaución y lo confirmamos cuando Chaplin la hace flamear. Conocemos la ideología política que abraza el color rojo como símbolo de resistencia. Chaplin conduce al espectador a que cree esas asociaciones, lo fantástico es que nadie podría reprocharle que en su película levantara una bandera color roja, porque el rojo no está más que en la mente del espectador. De forma repentina el obrero se ha convertido —sin sospecharlo siquiera— en el líder de la revuelta. La policía no tarda en llegar y reprimir con violencia la movilización. Esta vez Chaplin es conducido de la puerta de la fábrica a la prisión. Cuando es liberado no quiere abandonar la cárcel, el hambre y la falta de trabajo le resultan más hostiles que estar privado de su libertad.
Pero en Tiempos modernos no solo se retrata la vida de un trabajador alienado, moldeado por instituciones disciplinarias como la fábrica, el hospital psiquiátrico y la prisión. También hay una muchachita que roba bananas en el puerto y las reparte a un grupo de niños hambrientos, antes de llegar a casa y llevarle el botín a sus hermanitas y a su padre desempleado. La familia es separada a la fuerza luego del asesinato del padre en una manifestación de desocupadxs. Las pequeñas son llevadas a un orfanato mientras que ella escapa. Sola, sin padre y sin hermanas, acompañada únicamente por el hambre, roba un pedazo de pan y es descubierta. Chaplin anda por los alrededores intentando infringir la ley para que la policía lo vuelva a encarcelar, aquella parece ser la única solución al problema del desempleo. La cárcel pensada como salvación puede conducir a una romantización de la vida carcelaria pero en Chaplin esta asociación no solo resulta efectiva para reflejar la hostilidad y las dificultades que enfrentan cotidianamente lxs trabajadores que viven en libertad sino que es utilizada para establecer una relación impensada entre dos términos contrapuestos (cárcel/ salvación) que produce un efecto de sorpresa en sus espectadores. El intento de volver a prisión no se materializa, pero se produce el encuentro entre la muchachita que ha robado el pan y el obrero que no encuentra trabajo. Juntxs escapan de la policía hasta un barrio de las afueras de la ciudad.
Sentadxs en el cordón de la vereda observan a una pareja que se despide en el frente de una casa: él va vestido de oficinista y ella lleva un delantal. El marido sale y ella vuelve a entrar en el hogar. Chaplin le pregunta entonces a la muchachita dónde vive y ella responde: en ninguna parte, en cualquiera. Ante esa respuesta él dice: ¿nos imaginas en una casita como esa? Comienza la ensoñación: Chaplin y la muchachita están en el interior de una casa, por las ventanas entran las ramas de árboles repletas de frutos y una vaca llega a la puerta de entrada y es ordeñada allí mismo. El interior de la casa soñada es confortable y primoroso, pero lo más importante es que la mesa está repleta de comida. La ensoñación se difumina rápidamente cuando un policía se acerca —están tanto en el centro de la ciudad como en las afueras—. Parece que las chicas con hambre y los obreros desocupados no tienen derecho a soñar con manjares en un barrio de casas coquetas. Aún así aquella visión, la simple idea de una casa, los moviliza y da esperanzas. Lo que sigue es una sucesión de trabajos inestables e intentos frustrados de construir un hogar, aunque solo sea un breve descanso en el sector de camas de una gran tienda departamental. En el universo de Chaplin los personajes experimentan todo tipo de carencias pero lo que no perderán jamás es la capacidad de imaginar. Antes de que todo termine la muchachita llora desanimada y se pregunta: ¿Para qué continuar? Chaplin le dice, simplemente: Ánimo, saldremos adelante y la invita a sonreír mientras la cámara los ve partir sin rumbo fijo a enfrentar el porvenir.
¿Por qué volver a una película como Tiempos modernos noventa años después? porque continúa resonando en el presente. Tal vez el final de esta historia vista desde hoy resulte poco satisfactorio: Chaplin no llama a la organización de los trabajadores ni parece haber adquirido una conciencia proletaria. Se podría reprochar su romanticismo e ingenuidad, aún así, construyó uno de los retratos más conmovedores y precisos sobre el mundo del trabajo que ha realizado el cine clásico. Tal vez Chaplin no se haya atrevido a llamar a la organización, pero supo regalar con ese final algo de entusiasmo y alegría a aquellos cuerpos agobiados por el trabajo que se sentaron delante de la pantalla en uno de sus pocos momentos libres. Aquel gesto, aquel reconocimiento a su padecimiento, aquel pequeño empujoncito en la espalda en momentos de desánimo logra ser transformador.