Fanzine #0, septiembre 2026

SI SUS MONEDAS LO PUEDEN COMPRAR ELLOS SE OLVIDAN DE LO ARTESANAL

¿QUIÉN VA A RECLAMAR, PARA QUÉ?

De los bombardeos en la Plaza de Mayo del ‘55 a la escena de La batalla de Argelia, de Pontecorvo, donde un policía francés enseña las prácticas y metodologías del enemigo guerrillero. Camino y avanzo entre las imágenes, archivo fotográfico intervenido, collage con iconografías que insisten en el relato histórico, suspendiendo su linealidad por la propia práctica de la intervención. La serie larga, que se despliega horizontal, me devuelve una foto de Pappo, en su etapa flequillo y Ray-Ban de Pappo’s Blues. Una foto del Flaco, en su etapa efebo de Almendra. Algunas son revistas Pelo, logro discernir. Otra imagen: una publicidad muestra a un joven con collar de insignia hippie. Sobre un fondo con diseño lisérgico y flower power se lee, pequeña, la marcha del ERP pentagramada, con su letra armamentista.

Me detengo ante un collage: la imagen de una revista enfrenta a dos figuras estereotipadas, prototipos de un señor burgués y de un joven con pantalón acampanado, al proclamar en letras grandes: “A primera vista: ¿hay un problema generacional?”. El archivo está intervenido con un logo similar al de Montoneros, las armas cruzadas, y una consigna setentista: “Con sangre o sin sangre, la raza de los oligarcas explotadores morirá sin duda en este siglo”

Es en este punto, en la secuencia narrativa donde aparece el rock —siempre en relación con la política como propone la exhibición en su totalidad— que me pregunto: ¿A qué generación pertenezco? Solemos asociar los conceptos de generación y juventud como si se tratara, por naturaleza, de atributos inherentemente positivos. Lo primero que pienso automáticamente después de detenerme en cuál es la generación a la que pertenezco, es en la sensación de fracaso. Siempre el sesgo, claro, o más bien la imposibilidad de asir un concepto de por sí neblinoso. La palabra generación es amplia y esquiva, casi difusa, porque pretende encerrar algo que no tiene borde preciso. Me enarbolo dentro de esa generación que creció en la década kirchnerista: mi adolescencia y primera juventud fue durante los gobiernos de Néstor y Cristina. Milité, usé una remera con sus caras, agité flameadoras y canté consignas de esta, nuestra épica (épica me corrige automáticamente el editor de docs: quise poner época, pero ambas palabras, en este caso, funcionan). El que no haya sentido que, con el arrojo y la vehemencia con la que llegaron las nuevas derechas al poder elegidas por vía democrática, algo de todo ese mundo que pensamos posible en nuestra más tierna juventud se derrumbaba, que arroje la primera piedra. Igual, este no es un texto desde el victimismo. Ni siquiera es un texto que pretende un análisis sociológico, mucho menos un análisis político. Más bien es un texto que pretende interrogar y y plantear perspectivas a partir del recorrido por la muestra Hijos de la luna, expuesta entre mayo y agosto de 2026 en el Centro Cultural Recoleta.

Es curioso, me digo a mí misma. No es la primera vez que me encuentro interpelada por la obra del artista visual Eduardo Molinari. La primera vez fue a partir de El cuchillo, una serie anterior que el artista pergeñó a la par que conformaba El archivo caminante, mientras en el país se fogoneaba el estallido social del 2001. A simple vista no hay una relación directa entre ese contexto y la obra final, pero en el trasfondo, algo aparece. En realidad, ese fue el motivo de análisis de la serie, para un seminario que cursé en la facultad, que proponía pensar tres obras muy diferentes entre sí (las otras eran Los Rubios de Albertina Carri, y El siglo de oro del peronismo, de Rubén Szuchmacher) pero que compartieron procesos creativos en el caldo de cultivo del convulsionado cambio de milenio que tuvo nuestra historia. La apuesta era encontrar un hilo en común que permitiera pensar las tres de manera conjunta a partir de su contexto de producción y aparición. Es curioso, me digo, volver a pensar en El archivo caminante cuando el agite social pareciera estar dormido, pero sin embargo se huele en el aire —espero acá no pecar otra vez del maldito sesgo— que cada vez está más difícil respirar sin pensar en dinero. En todas sus facetas: porque parece que los traders son el único  futuro posible, porque debemos ser capos y expertas en administración financiera, porque no llegamos a fin de mes, porque no encontramos trabajos, porque estamos endeudados, porque los que tenemos muchos trabajos tampoco llegamos, porque los trabajos que encontramos son precarios, etc, etc. Me gusta decirlo así, en plural, porque si no entramos en una categoría, seguro entramos en otra. En aquel análisis del cruce estética y política durante la crisis del 2001, propuse que las tres obras estaban unidas por el ejercicio del montaje, de la imaginación y el anacronismo. En tiempos de crisis y precariedad (como aquel, como este) surgieron propuestas que interrogan las lógicas historicistas por su propia metodología técnica, cuestionando al pasado desde nuevas aristas.

Si en El Cuchillo, el nombre de la serie se debía en gran parte a la lectura de Radiografía de la Pampa de Ezequiel Martínez Estrada, Hijos de la luna se inspira en Hijos de la noche, del filósofo catalán Santiago López Petit. Aquí Molinari vuelve a recorrer la historia argentina, pero esta vez pensando en un periodo histórico más acotado, los revolucionarios, sangrientos, aguerridos y furiosos años sesenta y setenta. Un inicio, los bombardeos del 1955 por la fusiladora. Un fin, la dictadura de 1976 (en realidad, casi perdido y apartado en la pared de la sala, el fin real es un collage a partir de la nota de Pablo Vaca, publicada en 2022 en Clarín, titulada La bala que no salió y el fallo que sí saldrá). Dos aviones en el ploteo de fondo —los que bombardearon plaza de Mayo con la fusiladora, los de los vuelos de la muerte de la última dictadura— sondean el espacio con los collages “contextuales”. En el medio, el foco central de la exposición: la juventud de aquellos años, y las trenzas posibles entre rebeldía, hippismo, militancia, y sobre todo, rock nacional. En frente a este núcleo, intervenciones a partir de publicaciones clandestinas de las organizaciones armadas de la década del 70.

Como en El Cuchillo, iconografías obsesivas se repiten a lo largo de los collages. Una intervención recurrente es la iconografía precolombina, específicamente la del códice maya y la figura del tlacuilo, el escriba encargado de salvaguardar en esas páginas la cosmovisión americana. Otro elemento que va a repetirse son los motivos astronómicos: lunas, soles, estrellas. Como en El cuchillo, es mediante el ejercicio de la imaginación y el montaje que la posibilidad de pensar en la superposición de tiempos históricos le van a hacer pulseada a las narrativas teleológicas. Las historicistas y herederas del positivismo. Las canónicas. No porque estemos hablando de un fin de la historia. Sino porque es a través del ejercicio del montaje, en un sentido didi-hubermaniano, que se pone en práctica la imaginación. Para Didi-Huberman —o más bien, por decisión del traductor— ambas operaciones suponen un riesgo. Arriesgarse a ponerlas en práctica es lo que permite que el archivo comience a pensar contra sí mismo, que sea capaz de remontar los desechos para reactivar las latencias, crisis y síntomas que habitan en las imágenes, agitando así sus supervivencias y convivencias temporales. El riesgo siempre trae aparejado algo de pérdida y ganancia; cuánto de cada una, solo se sabe al tomar la decisión de lanzarse hacia adelante. Lanzarse hacia el vacío de pensar la posibilidad de un futuro mejor. Algo que cada vez cuesta más.

¿A cuál generación pertenezco?
Allá la “generación diezmada” ¿Acá la generación fracasada?
Qué pesimista, me digo.
Qué atrevimiento: no hay comparación posible entre una y otra.
Pero una línea nos emparenta:
una visión intencionada
de un futuro más justo, igualitario.
La de allá temporalmente 
una utopía
que tenía mucho más 
de topía que de u. 

La de acá, más bien
actúa en el rango de la distopía.
Ya nadie querrá escuchar tu remera
además parece que
no sabemos a dónde ir, no tenemos a quién seguir,
y ya no hay por quién morir 

La pregunta es
¿Quién está dispuesto a luchar?
¿Quién está dispuesto a luchar por amor?
¿Quién está dispuesto a pelear?
¿Quién está dispuesto a pelear por honor?

El día del cierre, cuando recorrimos la exhibición, hubo acciones performáticas. Nicolás Varchausky empuñó una guitarra que, en un comienzo, dejó percibir apenas unas notas que parecían remitir al Himno Nacional, para luego avanzar hacia una distorsión sonora que llegaba al límite de lo soportable y lo audible. Se hizo presente El Historiador Ciego, personaje que en acción performática interpreta Molinari, quien leyó algunas palabras. Recuerdo algo así como una invitación (o casi una proclama) a que todo investigador-artista se comprometa contra la crueldad liberal libertaria. También aparecía la idea de dejarnos afectar, de permitirnos la afectación de lo sensible en los tiempos que corren. Pienso en el Angelus Novus, de Paul Klee y en el fantasma de la historia que avanza ciego, ruina sobre ruina, y en esa crítica a la historicidad teleológica que se deja suspender en las intervenciones reiterativas de El archivo caminante. 

El dejarme afectar
¿quizás tendrá que ver, también
con la pregunta
acerca de la generación 
 de la que creo ser parte?

Hacia el final de la jornada, se presentó la publicación editada de manera independiente que acompaña a la muestra. Allí, supimos que el nombre Hijos de la luna, además de referir al libro de López Petit, remite a la presencia de los astros en la poética lírica del rock nacional pero también a los emblemas que agitaban los jóvenes que se sumaron a las luchas revolucionarias, las estrellas rojas de cinco puntas, y por qué no también las federales. Pienso en las constelaciones benjaminianas, en esa lectura a partir del efecto de montaje y en la imagen dialéctica puesta en tensión para irrumpir y generar nuevas formas de sentido. Pienso en su capacidad de arrancar una época, de hacer foco en ella para paralizar la continuidad histórica y, sobre todo, para salvarla del conformismo. Toco de oído porque no leí: el libro de López Petit, comentaron en la presentación los participantes, hace referencias a la noche actual, en su sentido amplio. A los malestares crónicos que nos aquejan. Fatiga crónica, ansiedad, insomnio, la lista de enfermedades es larga. Una noche que nos cubre. 

(lo quiero decir bajito así chiquito
para que esto no se tiña de más pesimismo
pero hace poco circuló que:
el sucidio es el primer factor 
de muerte violenta en argentina 
afectando a los más jóvenes


desde que supe esta cifra
canto adentro Os garcas
“tienen preparado un plan
que consiste en
matar matar matar”.

Pienso en la u de topía)

Pero, ante esa noche oscura, politizar la existencia: pasar de la noche del malestar a la noche de la resistencia. Ni nostalgia ni pasado mejor, asegura El archivo caminante. Dejarse afectar, hacerse preguntas, hacer con otros. Incluso en el desencuentro. Estas, y otras frases, estuvieron presentes en la mesa conversatorio que convocó también a la participación del público. 

En Los espantos, Silvia Schwarzböck afirma que al final acá ganó la ‘vida de derecha’. Martínez de Hoz, su rostro, aparece en los collages intervenidos de Hijos de la luna, junto a algún que otro símbolo del FMI. El plan económico implementado durante la última dictadura, que perdura hasta hoy

 (ni nostalgia ni pasado mejor: ¿mañana es mejor?)

fue su verdadero triunfo. El triunfo económico y el triunfo cultural: la imposibilidad de pensar en una ‘vida de izquierda’. El mayor logro de la dictadura fue eliminar la idea de que otra forma de vida era posible. La ‘vida de izquierda’, entendida como un proyecto revolucionario, comunitario y de transformación estructural, fue aniquilada. Lo que sobrevivió de ella se vio obligado a adaptarse, debatir y existir bajo las reglas, los márgenes y el confort de la vida de derecha.

(¿pertenezco entonces a una generación

que creció bajo las lógicas de

la vida de derecha?)

Para Molinari, recuperar algo de esa dimensión cósmica presente en las poéticas rockeras y militantes de aquellos años, incluso como narrativa ecosocial para la lucha de hoy, puede ayudarnos a iluminar la noche. ¿Habrá que politizarla? Al volver sobre un momento clave de nuestra historia, Hijos de la luna interrumpe desde la imagen dialéctica para interpelarnos. El trauma irresuelto (¿es posible superar colectivamente un trauma de tal envergadura?) arroja así nuevas posibilidades para el accionar de la memoria, sin perturbar la labor crítica de la historia. Surgen nuevas aristas para repensar a la generación de los sesenta y setenta en sus cruces con el rock, apelando a la prevalencia de la imagen y sus operaciones analíticas a partir de la intervención. Narración, historia y memoria se ven interpeladas, entonces, para ser desmontadas; para permitirnos interrogar el archivo y operar sobre el documento mismo a fin de gestar un ejercicio de la memoria. Un ejercicio que, en este caso, logra reescribir ciertas formas de abordar el acontecimiento histórico y plantearnos nuevas preguntas como espectadores. El pasado se reactiva en los collages mediante el cruce entre rock, rebeldía y militancia; un destello que nos obliga, ineludiblemente, a enfrentar nuestro presente.


Termino de escribir
mientras pienso
y canto:

Si luchamos, esta vez que sea a favor
Si perdemos, esta vez que sea otra cosa
Si volvemos a luchar, no me lo digas
(Dejemos de pelear entre nosotros)
Dejemos de pensar contra el vacío 
y despertemos en él 


Para escribir el artículo se utilizaron los siguientes textos y autores “Sobre el concepto de Historia” de Walter Benjamin, «Cuando las imagenes tocan lo real» y «Ante el tiempo. Historia del Arte y anacronismo de las imágenes» de Georges Didi-Huberman, el artículo de Paul Ricœur, «Historia y memoria. La escritura de la historia y la representación del pasado» y «Los espantos» de Silvia Schwarzböck.
Se citaron canciones de Pescado Rabioso, los Redondos, Pez, Babasonicos y El mató a un policía motorizado y se escucharon las mismas junto a algunas otras de los setenta.

«Politizar la herida, a fin de cuentas, es una manera de estar juntas en el quiebre y de encontrar, entre las esquirlas de una ventana estallada, un vínculo imposible, el indicio de una colectividad áspera e improbable»

Jota Mombaça