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Y COMO TÚ, HE OLVIDADO: “ADIÓS A LA MEMORIA” (2020) NICOLÁS PRIVIDERA #FICIC

Como tú, deseé tener una memoria inconsolable, una memoria de sombras y de piedra.
Luché por mi cuenta, con todas mis fuerzas, cada día, contra el horror de no comprender ya en absoluto el por qué recordar.
Hiroshima Mon Amour, 1959, Alain Resnais

En In Comparison (2009) Harun Farocki observa la sociedad desde sus cimientos en continuidades y rupturas a lo largo de distintos continentes. “Las casas de adobe de los pueblos de África son producto del trabajo colectivo de una comunidad”, afirma en su libro Desconfiar de las imágenes. En Adiós a la memoria Nicolás Prividera observa, con una lucidez similar, el camino opuesto. Si el ladrillo condensa la construcción social en Farocki, ahora la baldosa —partida— simboliza la destrucción, un claro mensaje de un partido político que en su idea de “cambio” propuso dar vuelta la página sin comprender, tal vez, que en esa invitación a una pérdida de la memoria, radica el deseo de perder parte de la consciencia colectiva y de la identidad nacional.

Prividera opta por el distanciamiento de posicionarse en tercera persona para presentar la historia de un padre y un hijo reencontrados a causa de una enfermedad que avanza a paso firme sobre el mayor. Como en las imágenes caseras que recupera de su infancia, la prioridad vuelve a ser el retrato familiar y a partir de allí el análisis político social resulta inevitable. Un retrato autobiográfico interrumpido luego de que la dictadura militar arranque a Marta —la madre— y en su lugar deje un hueco que durante décadas no supo ponerse en palabras, hasta que el hijo, impulsado por la necesidad de comprender buscó, entre las filmaciones caseras de su padre y los diferentes testimonios, algunas respuestas posibles acerca de la desaparición de la mujer, acción que motivó M (2007).

Farocki contempla desde el silencio, haciendo hablar a las imágenes en el proceso de montaje, a la vez que Prividera se encuentra en la tarea de poner voz a recuerdos en formato 8mm y super 8mm para rellenar el pasado arrancado y detenerse un momento a analizar el presente. La cámara se instala en el ámbito doméstico y observa la cotidianidad del padre hundido en un deterioro cognitivo que lo lleva a anotar de manera compulsiva los nombres aparecidos como ráfagas, aunque no logre descifrar el rostro que le corresponde a cada uno. Sus manos, su mirada, su cuerpo se hacen preguntas que han quedado inconclusas. La ironía de un padre que quiso olvidar su historia y terminó por lograrlo se convierte en una reflexión acerca del paso del tiempo y el recuerdo, analizados en un doble movimiento entre lo personal y lo colectivo.

Adiós a la memoria duele en sus huecos. Bucea en la pérdida y lo traumático para examinar los espacios que han quedado deshabitados. En su lugar ocupa nuevas presencias con texturas, territorios, citas, canciones y momentos que cooperan en la creación de nuevos sentidos. Pero, ¿Qué es lo que duele? ¿Es ver al hijo narrar el quiebre familiar, al padre olvidar su historia o atestiguar cómo la sociedad hace un trabajo similar cuando sale a la calle a defender los intereses de otra clase? ¿Es triste el cuaderno de notas desesperadas en un intento de recuperar lo que queda de vida o ver cómo el Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires pica las baldosas de las históricas rondas de los jueves o borra el mural de Rodolfo Walsh en San Telmo? Baldosas rotas con pañuelos blancos pintados que se enmarcan dentro de las políticas de un gobierno que construyó su relato a partir de la necesidad de olvidar, o como dijo en 2013 el ex presidente Mauricio Macri —por aquel entonces Jefe de Gobierno— “terminar con el tema de la memoria”.

Los peligros son observados, señalados sin buscar la clausura sino en una plena invitación a la interpelación y reflexión con los/as espectadores. La decisión por ubicarse en la tercera persona —siguiendo la afirmación bajtineana “siempre es otro el que mira desde el pasado”— ayuda en el doble rol de observador y participante, mientras comprende la última posibilidad de acercamiento en tanto hijo para rescatar un gesto, una explicación, una palabra acerca de Marta Sierra, un nombre que en su repetición muestra la dificultad para rellenar su contorno vacío. En paralelo, la dificultad del padre para hablar de su historia familiar avanza junto a la de una porción de la sociedad en su incapacidad de poner en palabras una época traumática de la historia argentina.

En ese gesto de interpretar el recorte que hacía su padre con el fin de encontrar allí alguna pista, en ese aquí y ahora perdido y encontrado, reprimido por la dictadura y el olvido, Prividera hace de su voz un acto de resistencia que se opone a pensar que el silencio puede ser salud, sino todo lo contrario.

Argentina, 2020
Dirección: Nicolás Prividera. Guion: Nicolás Prividera. Fotografía: Héctor Prividera, Nicolás Prividera. Edición: Hernán Rosselli. Producción: Pablo Ratto. Compañía Productora: Trivial Media. Duración 95 min.

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