¿PARA QUÉ SIRVE LA UTOPÍA?: «MAPA DE SUEÑOS LATINOAMERICANOS» (2020) MARTIN WEBER

por Mercedes Orden

Sueña Antonio con que la tierra que trabaja le pertenece, sueña que su sudor es pagado con justicia y verdad, sueña que hay escuela para curar la ignorancia y medicina para espantar la muerte, sueña que su casa se ilumina y su mesa se llena, sueña que su tierra es libre y que es razón de su gente gobernar y gobernarse, sueña que está en paz consigo mismo y con el mundo. Sueña que debe luchar para tener ese sueño, sueña que debe haber muerte para que haya vida. Sueña Antonio y despierta (…)
Subcomandante Marcos. La Jornada, 27 de enero de 1994

«Fotografiar es conferir importancia», sostiene Susan Sontag en uno de los artículos que componen Sobre la fotografía. Palabras son comprendidas por Martin Weber quien vuelve tras sus pasos para buscar el presente de las personas que había fotografiado en distintos puntos de América Latina entre 1992 y 2008. En aquel momento una consigna se repetía: la invitación a que todos y todas escriban en una pizarra su sueño. En el registro audiovisual Mapa de sueños latinoamericanos nuevas preguntas se plantean: ¿Qué habrá sido de la vida de aquellas personas? ¿seguirán en el mismo lugar? ¿habrán cumplido sus deseos?

Las manos filmadas al detalle preparan a un gallo antes de la riña. El momento de la lucha llega, hasta que el pasado irrumpe en el montaje: fotografías en blanco y negro se suceden, los protagonistas, en medio de sus escenarios cotidianos, sostienen esas maderas pintadas de negro, con palabras escritas con tiza. Lo efímero del soporte de escritura choca contra la ilusión de inmortalidad de la imagen fotográfica. En la ópera prima de Weber, la temporalidad ocupa el mismo lugar protagónico que las corporalidades retratadas. Es el tiempo en su devenir lo que justifica, el pasado y el presente en constante cambio observados entre comparaciones y semejanzas a lo largo de Argentina, Brasil, Perú, Cuba, Colombia, México, Nicaragua y Guatemala. Allí cada sueño expresa las particularidades a la vez que invitan a reflexionar acerca de la identidad compartida, un mapa tejido por una historia en común.

Las palabras de Eduardo Galeano no se nombran pero se sienten. En Las venas abiertas de América Latina, el escritor observaba:

«Para quienes conciben la historia como una competencia, el atraso y la miseria de América Latina no son otra cosa que el resultado de su fracaso. Perdimos; otros ganaron. Pero ocurre que quienes ganaron, ganaron gracias a que nosotros perdimos: la historia del subdesarrollo de América Latina integra, como se ha dicho, la historia del desarrollo del capitalismo mundial. Nuestra derrota estuvo siempre implícita en la victoria ajena; nuestra riqueza ha generado siempre nuestra pobreza para alimentar la prosperidad de otros: los imperios y sus caporales nativos”.

Los sueños de la región llevados al fracaso renacen de sus cenizas a modo de ave Fénix en la necesidad de crear nuevas utopías. Weber se encuentra con los restos de la revolución cubana y los ecos de la sandinista, escucha las últimas palabras del subcomandante Marcos, quien tantas veces invitó a pensar un mundo donde quepan muchos mundos. También se choca con quienes quisieron sentirse parte de ese otro «sueño americano», uno que, a diferencia del que proponía Marcos, se planteó para un solo país del continente, oprimiendo al resto, creando planes políticos, sociales y económicos para poder mantener su hegemonía sobre el resto de América.

Los sueños pasados y presentes muestran sus costuras en Mapa de sueños latinoamericanos. Todo lo que no se pudo, el deseo nunca cumplido de los oprimidos, en países donde las grandes desigualdades sociales y económicas beneficiaron a otros. La pérdida como telón de fondo, ese hilo invisible que hilvana a América Latina, se manifiesta en diferentes formas: redistribución desigual de las tierras y recursos, ideologías arrasadas, generaciones arrancadas a causa de las dictaduras militares, revoluciones congeladas. La violencia acompaña esos despojos, busca en lo simbólico su forma de legitimación y reproducción.

Weber apunta con su lente hacia las periferias. Dialoga con ellas, las invita a repensarse. Algunos escriben sobre el deseo de ser felices, y recuerdan algo que debería ser tan simple y universal como cuando Víctor Jara reclamaba en su canción «El derecho de vivir en paz». El director encuentra la belleza y el dolor en los mismos paisajes, observa los rituales, el ritmo de cada escenario. Las manos, los animales, los gestos contextualizan tanto como las montañas, el mar y los barrios populares. Cada plano detalle atestigua una historia que crece en lo colectivo. El pañuelo blanco de una abuela de Plaza de Mayo y la marcha de un 24 de marzo, las cicatrices de un cuerpo, las manos de los trabajadores en Perú, las paredes resquebrajadas en Cuba, los niños de la guardería en Guatemala, la sangre derramada en Colombia. Observar lo particular junto a lo general se convierte en una decisión temática y estética, en un modo de comprender la construcción social de la región.

El sueño se unifica en esas periferias que buscan en la ilusión un modo de avanzar, de ir hacia algún otro lado. Hecho que se confirma en los actuales eventos que están ocurriendo a lo largo del continente, en esa toma de consciencia acerca de la pérdida, en el deseo de los pueblos de volver a levantarse y salir a la calle a evidenciar los despojos. Es allí donde el fracaso encuentra su punto de fortaleza, en la lucha compartida, que del mismo modo que las pizarras, se llenan de sueños escritos y gritados, en consignas que abanderan y acompañan la marcha de sus habitantes.

En este mapa hecho de fotografías y palabras, las necesidades se exhiben: el deseo de poder escapar de sus presentes, de obtener afecto, dinero o educación, manifiesta la multiplicidad de formas de comprender la libertad, de imaginarla. En el diálogo acerca de las revoluciones y rebeldías interrumpidas por quienes ejercen el poder coercitivo de manera interna y externa, los habitantes recuerdan, interpretan, explican el poder del discurso, a la vez que se dejan conmover por las palabras de ausentes o desconocidos. El sueño de Antonio, del que hablaba Subcomandante Marcos, es también el de cada pizarra que Weber nos muestra. Y todos ellos recuerdan la respuesta de Fernando Birri en una conferencia en Colombia que inmortalizó Eduardo Galeano en sus Memorias del fuego: «¿Para qué sirve la utopía? Para eso, sirve para caminar».

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