EL ECO DE LAS PALABRAS: «DOCUMENTEUR», (AGNÈS VARDA, 1981)

por Mercedes Orden

Muro se observa al comienzo y muros figuran de fondo en Documenteur. Un plano fijo testimonia la inmensidad de un paisaje marítimo evocado en una pintura callejera. Delante de la representación de una ola que choca contra una roca, Emilie juega con una pelota junto a su hijo Martin —Mathieu Demy— y a su costado está el auto, también chocado, que los acompaña en medio de un presente nómade, lejos de su tierra de origen. El mural se instaura como huella no solo de su creador y del espacio-tiempo que lo aloja, sino en tanto referencia que entra en diálogo con Mur Murs, largometraje de Agnès Varda estrenado poco antes, donde la misma obra aparece entre otras. Los Ángeles, 1981: dos películas ponen en escena dos retratos de una ciudad para reflexionar sobre el cambio y la permanencia, la profundidad y la superficie. Entre los muros y los rostros, un puente intertextual. Mur, Murs se propone en clave documental observando la relación establecida entre los murales, su origen y la situación de los chicanos, las mujeres, la comunidad negra y el movimiento hippie como parte fundamental de la identidad del territorio. Documenteur presenta una lógica ficcional donde los murales urbanos anteriormente protagonistas, componen ahora parte del paisaje por el que transita Emilie —interpretada por Sabine Mamou, montajista de ambas películas— junto a su hijo Martin. La cámara la encuentra entre una serie de rostros de pescadores, de gente que al igual que ella, todas las noches cierra los ojos para dormir. Se detiene en la mujer, la individualiza, mientras la voz narradora reflexiona: 

A menudo se dice que cuando estás contra la pared, muestras tu interior, tu verdadero rostro. Como si tuvieras normalmente una cara falsa y entrañas ocultas. Una cabeza de repuesto para poner un falso frente, una cara para todas las ocasiones. Los rostros son todo lo que veo, parecen reales, más reales que las conversaciones. Me siento perdida en todo lo que rodea las palabras, en todo lo que rodea los rostros. Desde donde estoy, solo hay palabras y rostros. Esa mujer de rostro solemne y ojos perdidos, es probablemente como yo y real, pero no me reconozco en ella. 

¿A quién pertenecen las palabras? ¿a Varda o a Emilie? Una mujer se refleja en la otra, la directora en la actriz-montajista, al igual que lo hacen la ficción y el documental imbricados en la construcción de este relato. Entre las entrañas ocultas del film, una línea autorreferencial se marca con firmeza y, asimismo, propone la ilusión de un distanciamiento a través de la placa de presentación: “DOCUMENTEUR (dodo cucu maman vas-tu-te-taire) un film de fiction”. El título establece un doble guiño: un documental mentiroso (menteur), a la vez, un juego de palabras infantil, testigo de la complicidad entre el niño y la madre. El modo en que términos en apariencia opuestos dialogan es abordado por la directora en una entrevista con Mireille Amiel para Cinéma (1975): “Lo que casi siempre me interesa en mis películas es la dialéctica entre lo público y lo privado, entre lo subjetivo y lo general. El cliché y lo que hay dentro del cliché”.

Emilie se gana la vida como mecanógrafa, mientras busca un nuevo hogar para mudarse junto a su hijo. Cuando lo consigue, pasa de una casa ajena donde se sienta junto a su máquina de escribir, frente a una ventana con vista al mar, a una desde donde mira el muro vecino. Las palabras adquieren en ella vital importancia. Hijo, hogar, tiempo, lugar, cansancio, comida… aparecen como conceptos sueltos, sin conectores, que se pronuncian en su interior haciendo de la soledad un eco. Desde una posición de extrañeza la mujer interroga cada concepto, piensa acerca del sentido que adquieren las palabras y aquellas que han sido despojadas de su significado. Una en particular insiste hasta establecerse como tema. La voz refiere: “Hay una palabra incrustada: la palabra dolor; es un parásito, un mal blanco, un tormento”. Dolor que encuentra a Documenteur en un espacio de luz extinta, como señala su directora:

Es la sombra de la anterior, la sombra de Mur Murs. Hace tiempo que llevo pensando en esta idea: hacer una serie de películas sobre el mismo tema, como los pintores hacen bocetos, dibujos de acuarelas. Documenteur es la historia de la narradora que escucha la voz en Mur Murs.1 

Una película como sombra, donde la protagonista lidia con un dolor que la sofoca y una profunda transformación producto de una mudanza a otro continente, un divorcio, una crianza en soledad, un trabajo, la construcción de un hogar, el descubrimiento de nuevas formas de vinculación. Del padre del niño poco se sabe, apenas se dan algunas pistas: se conjetura que, hace no tanto, estuvo presente en sus vidas, ya que así lo menciona la remera de Martin —“My mom & dad went to California but all I got was this dumb t-shirt” (Mi mamá y mi papá fueron a California pero todo lo que conseguí fue esta remera boba)—. Solo en una escena Emilie le pone palabras a su crisis, en medio de una llamada telefónica con una amiga, nombra las dificultades de su presente desde que el padre del niño decidió marcharse, entonces tiene un momento para ella, para poner en palabras su quiebre. La rutina la empuja a seguir, a otorgar nuevos significados a la forma de habitar, a encontrar entre la basura los muebles de su hogar en formación, a poner límites en una convivencia de a dos.

Los movimientos llevan a esta mujer a descubrir nuevos muros en otro barrio, a dejar al descubierto el verdadero rostro, a hacer emerger su interior. Conversa con una madre trabajadora, al igual que ella; se establece en un barrio de extranjeros, al igual que ella y su hijo. Se diferencia de las demás historias que escucha, pero se reconoce en lo plural. Se trata, en fin, de reflexionar sobre lo que atraviesa y encontrar en dicha situación algo que irrumpe desde lo personal e insiste en la sociedad —en las otras mujeres, en las personas migrantes—. Dice Agnès:

En Documenteur intenté algo nuevo: introducir un tiempo muerto de silencio entre momentos de gran emoción, para dar tiempo al público de llegar ahí o para escuchar en sí mismo réplicas de emociones expresadas, el eco de las palabras, los recuerdos olvidados. Es como si [yo] quisiera usar su propio tiempo vivido en el tiempo de la película. Propongo momentos llenos de emoción, luego imágenes donde estas emociones se pueden transferir y luego un silencio donde ambas pueden reverberar.2

¿Qué expresan las paredes? ¿Qué choca como una ola? ¿Qué descubren los rostros? Una frase de Mur Murs hilvana las dos películas: “Ya sean ideas colectivas o visiones personales, los muros hablan de una ciudad y su gente”. Esta premisa posibilita una extensión: Muros, rostros, películas abordan, en el cine de Varda, el concepto de lo propio desde una doble mirada singular y plural. La identidad del territorio se compone a partir de quienes lo habitan y conforman, pero también de la mirada de una directora que ha dejado testimonio, en la ficción y en el documental, de su propia vida.


 


  1.  Carcasonne, P. y Fieschi, J. “Agnès Varda”, en Cinématographe (marzo-abril 1981). ↩︎
  2.  Aude, F y Jeancolas, J.P.”Entrevista con Agnès Varda”, en Positif (abril 1982). ↩︎

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