por Candelaria Carreño y Mercedes Orden
Empezar por el final. En Pajarito Gómez-Una vida feliz (Rodolfo Kuhn, 1965) un ídolo popular muere porque nadie puede dejar de bailarlo. Todos, incluso el operador de rieles que desencadena el accidente, imaginan el año 2000 mientras siguen el paso del twist como reflejo condicionado ante la música de Pajarito. El velorio es organizado por la empresa discográfica en una casona abarrotada donde la viva voz del artista es alcanzada por cuantiosos llantos de quienes se hacen presentes para despedirlo. En la ceremonia final, los fanáticos se tambalean de un lado al otro de manera uniforme mientras las rodillas, los hombros y las cabelleras mantienen el ritmo. Es el público enajenado, la imagen representativa de la Teoría de la aguja hipodérmica, donde se impone una ruptura: Viviana, la novia prefabricada de Pajarito, entra en estado de hastío y se ve obligada a abandonar el recinto. Al salir, su grito desesperado quiebra el hechizo de la alienación. Es el primer gesto improductivo —bajo la lógica capitalista—, la fragilidad manifiesta planteada en su potencia creativa.
Tras el fallecimiento del Indio Solari el quiebre y el acto catártico ocurrieron de forma inmediata: al difundirse la noticia, fuimos encontrándonos en las calles, algunos en dirección a Parque Leloir, otros a Plaza de Mayo, quizás también asumiendo un grito de desgarro; una ruptura colectiva donde la comunidad hizo de la opresión cotidiana un acto de liberación espontánea, y en medio del duelo se abrió paso el lado festivo, llevando a cabo múltiples homenajes que nacieron de modo simultáneo. La catarsis producto de la pérdida devino en un acto de purificación compartida; se hizo cuerpo. Las imágenes del pueblo tomando las calles nos recordaron el comienzo de Los hijos de Fierro, entre bombos, saltos, banderas, papelitos, cantos sobre la memoria popular y un narrador que anhela “que el recuerdo de tantos sacrificios nos ayude a consolidar la unidad necesaria para conquistar nuestro destino”. En la música de Los Redondos la clase trabajadora encontró un interlocutor, alguien que nos nombre o, como dijo Horacio González —recuperando una idea de Artaud—, la creación de una poética que comente “la voz inaudible de los suicidados por la sociedad”. El pueblo huérfano, una vez más, avanzó en una misma dirección, sin olvidar el acto celebratorio, la misa ricotera, las canciones, los pogos y los trapos. La presencia de lo carnavalesco estableciendo temporalmente una inversión de las jerarquías sociales, la aparición de la “segunda vida”, la interrupción de un tiempo productivo a causa del duelo conducen a Bajtin, al modo en que se configuran las comunidades, a la relación entre cuerpo e identidad: lo colectivo como un cuerpo que deja huella en lo popular. La última misa se ubicó a lo largo de calles convertidas en espacio de fraternidad, puso en suspenso el orden social y, en su lugar, habilitó una carnavalización de la muerte dando como resultado una fuerza regeneradora de la vida, una forma de creación colectiva en un contexto inundado de dolor.
El “aguante” cobró, entonces, la forma de una peregrinación de más de setenta cuadras. El velorio se organizó en el microestadio José María Gatica y en la ciudad donde falleció uno de los mayores ídolos del boxeo nacional: la casa suburbana de Avellaneda. En esa comunidad organizada retornó el sentido de pertenencia, encuentro y cuidado que lleva inevitablemente a la pregunta de qué puede un cuerpo cuando se encuentra en medio de un estado de dolor, memoria y malestar. Un resurgimiento del deseo que parecía capturado —entre pluriempleo, horas extras, reels y streams— tomó las calles asumiendo su capacidad de resistencia afectiva para homenajear al ídolo que acompañó no solo nuestras vidas, sino cincuenta años de la historia del país, los momentos de celebración colectiva y las rebeliones —”¿O no fueron de matriz ricotera los cuerpos que protagonizaron la revuelta de 2001?” se pregunta Agustín Valle en un artículo de Revista Crisis—. En esa conjura, parecíamos duelar no sólo la pérdida física de una figura clave para la identidad nacional —el Indio traspasa las fronteras musicales y del rock—, sino también una manera de hacerse popular desde una marginalidad autogestiva, atípica e impensada para los tiempos actuales. Quizá se duela, también, una forma de relación con las masas que viene de otra época, de identificación unipersonal hacia ese pueblo convocado doloroso y festivo, esta vez, para una despedida. Es que, como supo expresar Leonardo Favio, «el único autorizado para legalizar la cultura es el pueblo». Si algo aúna a esas dos figuras claves para pensar lo popular en relación con la estética, es que nunca desdeñaron a ese pueblo al que le hablaron, desde los lenguajes en los que cada uno navegó con mayor fluidez y profundidad. Con sofisticación y altura, desde la música y el cine, acercaron y abrieron mundos. Sin pudor, arrojaron lirismos y encuadres cargados de fineza, que supieron tocar las fibras sensibles de lo popular, sin desdeñar el bagaje intelectual que regalaban en sus poéticas, incluso en la opacidad críptica que el Indio manejaba en su lírica. Un trabajo de las formas, sin hacer un señalamiento de lo que debe y no debe el arte.
Más allá de los duelos posibles, algo se corporiza en la despedida. La fuerza que durante décadas configuró una relación entre lo fraternal y paternal, pareció despertar la capacidad movilizante de una sociedad atomizada. Una fuerza que configura al pueblo ya no en abstracto, sino en su concreción, o más bien en su devenir. La potencia indeterminada en Spinoza —»nadie sabe lo que puede un cuerpo»— es aquello que emerge. Hoy el modo en que el duelo masivo confluye con las pasiones tristes, dentro de un contexto político donde se celebra la crueldad, nos lleva a preguntarnos acerca de la ruptura, con la certeza de que tampoco secuestrarán nuestro estado de ánimo. En ese quiebre, producto de los saberes que se activan en el encuentro con los otros, se asienta la potencia de transformación: la capacidad de afectar y ser afectados, junto con la comprensión de nuestro propio poder. Un grito que estalla —como el que perfora Viviana al final de Pajarito Gómez— rompiendo la alienación en una especie de agite colectivo, que comprende la fiesta, el cuidado, la movilización. Las imágenes de estos días nos empujan a pensar que el asunto está en nuestras manos. A esa toma de conciencia que invita a la acción apuntan también las canciones del Indio Solari al decir: Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón.