El fuego inextinguible Festivales

“RÍO TURBIO”, DE TATIANA MAZÚ GONZÁLEZ. ESCRIBE: PAULA GÓMEZ MONETTA #MARFILMFEST

COMPETENCIA ESTADOS ALTERADOS

Paula Gomez Monetta vive en Buenos Aires y maneja una doble vida desde 2011. De día es productora y coordinadora de Postproducción freelance. De noche, bajo el nombre de VJ Prioska , viste las pantallas de los venues de la ciudad con visuales para bandas del indie local como Mi Amigo Invencible, Atrás Hay Truenos, Marton Marton, La Vida en Familia, Tapones de Punta y Barbi Recanati, entre otres. 
Egresada de ISER y realizando la tesis de la Licenciatura de Artes Audiovisuales en la UNA, también dirigió video clips para El Desastre, Javier Mareco, Maqueta, Luanda y Marton Marton, este último en etapa de postproducción. 

Tatiana Mazú González sabe de poner el cuerpo. Lo supo siempre y con cada película que hace, lo demuestra un poco más. La primera vez que estuvimos juntas en un rodaje fue en lo que también sería para mí la primera vez en un Encuentro Nacional de Mujeres. Corría el año 2010 y nuestra facultad estaba además viviendo su primera toma. Luego de alguna de las asambleas que nos reunían en el subsuelo de lo que era la sede Yatay del entonces IUNA (ahora UNA), Tati publicó en el grupo de Facebook de estudiantes que estaba buscando cámara y sonido para ir a grabar al encuentro. En ese momento yo tenía hacía bastante poco una Canon modesta y se la ofrecí, se sumó otra chica en sonido, y a los pocos días nos subimos al micro con destino Entre Ríos. Pero esto es anecdótico, Río Turbio no tiene que ver con eso que hicimos en ese momento ¿O tal vez sí? 

A través de un montaje preciso y un diseño sonoro envolvente, la película recorre un conjunto de voces de mujeres, las Mujeres del Carbón, donde cada una traza un camino que se enlaza con otro, y así lentamente se va formando una red similar a los túneles de la mina de carbón: sucede mucho más debajo de la tierra que lo que vemos en la superficie. Es ahí donde anida la potencia y sensibilidad de Río Turbio, en la capacidad de identificación con uno y todos los relatos, el mío, el tuyo, el de ella, el de Tatiana, el de nosotras y por qué no el de aquellas mujeres y feminidades del Encuentro Nacional. La mina es el epicentro del conflicto y a la vez la metáfora del patriarcado que nos vio nacer, crecer y ocultarnos. Sin embargo, lo que no se dice está ahí, en cada hueco, lo lleva el viento, hay que sentarse a escuchar. Por ahí las mujeres somos más que mujeres, dice una, decimos todas. 

Es que Tatiana no solo pone en evidencia el rol de la mujer en la industria minera, sino que también se expone ella a revisitar momentos antes ocultos de su vida, tejiendo su parte de la red, excavando desde la más profunda intimidad para llegar a lo colectivo. El material de archivo, los recuerdos, los planos de la mina, los mensajes de texto, los libros antiguos, la red feminista que se devela fotograma a fotograma. Y aquí estamos, frente a un paisaje inmenso y hostil en la pantalla, y ahora otro, y otro más, que nos devuelven un golpe de viento frío en la cara, para despabilarse y seguir, porque lo importante es estar, permanecer para lograr.

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